Un salto en conciencia y organización popular

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El receso de verano en los colegios y universidades, el bajón económico, el cansancio, pusieron una pausa en la impresionante movilización del pueblo chileno.

Las manifestaciones masivas y los enfrentamientos abiertos con la represión oficial disminuyeron en comparación con lo que siguió al estallido del 18 de octubre, pero están lejos de haber quedado en el olvido: la llegada del 2020 fue recibida por 100.000 personas con bandas de rock, fuegos artificiales, actuaciones de artistas y quema de muñecos e imágenes en la ex Plaza Italia de la capital Santiago, rebautizada ahora Plaza de la Dignidad.

Todos saben −los cientos de miles que ganaron las calles, el gobierno, los partidos parlamentarios que buscan echarle agua a la sopa de los reclamos democráticos y sociales− que en marzo se acaba la pausa. Porque “No son 30 pesos: son 30 años”.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, será un mojón en la nueva etapa (recuérdese que fue en Santiago donde nació y se viralizó la combativa coreografía feminista “Un violador en tu camino”). Pero para entonces además ya habrán arrancado las clases en los colegios y universidades, y estará al rojo la campaña sobre el plebiscito de reforma constitucional que el gobierno de Piñera convocó para el 26 de abril.

Los chilenos dirán allí si aprueban o rechazan el cambio de la Constitución oligárquica y fascista que Pinochet impuso a hierro y fuego en 1980 y que los gobiernos democristianos y socialdemócratas dejaron intacta durante los 30 años que menciona la consigna.

Y volverá a abrirse la polémica sobre si lo que se convocará será una verdadera asamblea constituyente democrática que avance en no dejar piedra sobre piedra del edificio institucional oligárquico-pinochetista, o si serán los mismos parlamentarios que hoy dominan el Congreso quienes aprobarán una ficción “constituyente” que siga dejando en pie los pilares económicos, institucionales, educativos, mediáticos y culturales de la dictadura. Los mismos pilares que hace unos días en el Parlamento votaron el rechazo de la moción de destitución del intendente de Santiago, el piñerista Felipe Guevara, como responsable de la represión bestial a los manifestantes con “copamientos”, asesinatos, disparos a los ojos, secuestros y torturas. La destitución fracasó no sólo por el voto de la derecha en contra, sino por las abstenciones y ausencias de sectores de la llamada “centroizquierda”, que temen que el movimiento popular que exige rendición de cuentas también vaya por ellos.

Los viernes siguen siendo días de convocatoria en la Plaza de la Dignidad. Entre diálogos y actuaciones artísticas grupos de jóvenes y no jóvenes siguen intercambiando experiencias sobre la inédita conmoción que todo Chile vive desde octubre. La burguesía chilena tiene miedo, porque en medio de la rebeldía nacieron las “funas” (lo que en Argentina llamamos “escraches”) que sacan a la luz a los responsables de las fabulosas ganancias del puñado de oligarcas empresariales a los que pertenece el propio Piñera, la corrupción de los altos jefes militares, el negocio del endeudamiento universitario, el de la salud privatizada, el de los servicios públicos…

Hay mucha conciencia sobre la necesidad de luchar y acabar no sólo con Piñera sino con el régimen: en pleno enero las protestas y boicots masivos de agrupaciones de estudiantes secundarios contra los exámenes de ingreso a la universidad (verdaderos “filtros” de clase) obligaron a suspender y volver a realizar las pruebas. Se anuncian nuevas movilizaciones con el recomienzo de las clases.

Y hay mucha conciencia, especialmente entre los jóvenes, de que la represión es el argumento de última instancia del gobierno para eludir el reclamo masivo de la renuncia de Piñera. Todos los días hay jóvenes detenidos en la calle por los Carabineros. Mientras los monopolios mediáticos oficialistas como El Mercurio siguen machacando sobre supuestos “violentistas” y “agitadores”, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) “descubrió” tras su visita de fines de enero que en Chile hay una “grave crisis de derechos humanos”: una denuncia muy blanda para lo que fue y sigue siendo la represión fascista que ordenó y dirige Piñera, y a la que los combativos jóvenes chilenos enfrentan con su ya famosa y admirada “Primera Línea”.

Foto de Frente Fotográfico

“Primera Línea” y muchas líneas en la autodefensa del pueblo

Aunque nadie se atreve a usar el término, la llamada “Primera Línea” que formaron los jóvenes chilenos es una experiencia de masas avanzada en el camino de la autodefensa popular. Y se convirtió en el núcleo de una serie de organizaciones y coordinaciones que permitieron sostener la lucha social frente a la represión bestial del estado.

En un notable artículo publicado a fines de enero por la radio de la Universidad de Chile, el sociólogo Roberto Fernández Droguett describió parte de las enseñanzas que amplios sectores de la juventud chilena extrajeron de su propia práctica en la lucha por una verdadera democracia y justicia social y contra la oligarquía reaccionaria que gobierna el país.

Frente a las acciones brutales de los Carabineros fueron surgiendo y coordinándose grupos de jóvenes −y no tan jóvenes− armando barricadas y lanzando piedras, principalmente para impedir la llegada de los represores al sector donde se congrega el resto de los manifestantes, principalmente a la Plaza de la Dignidad. Esos grupos se ganaron el reconocimiento de la mayoría de la ciudadanía movilizada, que los reconoce como personas valientes y comprometidas que se arriesgan para que todos puedan movilizarse.

La mayoría lanza piedras, mientras otros improvisan escudos para proteger al resto de los disparos de perdigones y gases lacrimógenos, y otros más llevan agua con bicarbonato para asistir a las personas afectadas por los gases policiales.

La gente de hecho ha legitimado la violencia como forma de autodefensa frente a la violencia policial; esto nunca había sucedido en Chile después de la Dictadura, y en buena medida es la contracara de la deslegitimación por parte del pueblo en que han caído no sólo los Carabineros sino Piñera, el gobierno y los partidos reformistas del sistema (ni hablar de los conservadores).

Llamativamente, junto a la “Primera Línea” se han ido articulando otras “Líneas”, como las y los voluntarios de la salud: estudiantes y médicos que hacen primeros auxilios y atienden a las personas heridas (en el pico de las manifestaciones llegaban a más de 100 por día).

Otra de esas Líneas movilizadoras de masas son los distribuidores o vendedores ambulantes de comida y las bandas y grupos de músicos, artistas y trabajadores de la cultura que con sus actuaciones y sus pinturas y carteles contribuyen a transmitir mensajes y consignas y a generar un ambiente de unidad y alegría en la lucha. Hasta las barras de los principales equipos de fútbol aportan banderas, consignas y fuegos artificiales.

Y también se organizaron fotógrafos y periodistas independientes, que son los que sistemáticamente registran todo lo que ocurre en las calles y lo difunden por las redes para contrarrestar las mentiras y distorsiones de los medios oligárquicos.

Toda esta experiencia hace que los aprendizajes y el alto grado de organización vividos por los sectores populares en Santiago y muchas otras ciudades chilenas sean difíciles de borrar. Familias enteras fueron parte de esta extraordinaria escuela, volcándose a las calles y distribuyéndose en las distintas líneas para contribuir a la movilización desde sus propios oficios, saberes e intereses.

Muy probablemente volveremos a verlos surgir en marzo.