El sábado 23 de marzo el gobierno italiano firmó con el de China un memorándum de entendimiento para impulsar conjuntamente la iniciativa china de la Franja y la Ruta (FyR), una red de comercio e infraestructura que conectaría a Asia con Europa y África reactivando las antiguas rutas comerciales. La firma tuvo lugar durante la visita del presidente chino Xi Jinping a Roma. Italia se convirtió en el primer país del llamado “Grupo de los Siete” (las mayores potencias imperialistas del mundo) en unirse a la iniciativa.
El entusiasmo de la dirigencia italiana, en este caso del presidente Sergio Mattarella y el primer ministro Giuseppe Conte, expresa las expectativas de la gran burguesía de ese país en que el faraónico proyecto –con el que la dirigencia china aspira a dar un impulso decisivo a su pugna hegemónica mundial– motorice también el alicaído comercio italiano con el gigantesco mercado de Oriente, y abra “oportunidades” a la asociación de monopolios italianos con las corporaciones chinas para inversiones en grandes proyectos de infraestructura y en otros múltiples sectores como innovación tecnológica, turismo, agricultura, urbanización y transporte. El comunicado conjunto de Pekín y Roma promueve reforzar la coordinación entre el proyecto FyR y la Red Transeuropea de Transporte, para así potenciar la “cooperación” en los puertos, mejorar la logística y facilitar el transporte marítimo, entre otros rubros.
Con lenguaje indirecto y tratando de no aumentar aún más la alarma de Washington ante el avance del rival chino entre sus aliados europeos, los gobernantes italianos llamaron a “terceros países” –es decir a sus congéneres de la Unión Europea– a beneficiarse también con la Iniciativa ya que “una cooperación reforzada nos permitirá enfrentar juntos los desafíos mundiales”. En obvia alusión a las políticas proteccionistas y unilaterales del presidente estadounidense Trump, el primer ministro Conte dijo que “los desafíos globales que nos aguardan son tan perjudiciales que no es posible enfrentarlos cada uno por su cuenta y fuera de un multilateralismo eficaz”.
La ascendente alianza de Italia con China es el desemboque de la intensa aproximación económica y política que se viene dando en los últimos años entre la burguesía monopolista china y las de las potencias europeas. Actualmente China es el mayor socio comercial de Italia en Asia, y para Pekín Italia es su quinto socio comercial en importancia en la UE. En 2018, el comercio entre los dos países superó los 50.000 millones de dólares. También son fuertes las inversiones italianas en China y las de corporaciones chinas en Italia.
China, Europa y los desvelos de Trump
El abandono del multilateralismo neoliberal por Washington desde la asunción de Trump en diciembre de 2016 abrió paso a la intensificación de las relaciones económicas y políticas chino-europeas y, con ello, a notables avances de Pekín en sus pretensiones de liderazgo mundial.
Pekín usa a fondo la “diplomacia del yuan” y endulza los oídos europeos con las promesas de beneficio mutuo que ya son parte tradicional de su “soft power” (poder suave). La posibilidad de participar en el gigantesco proyecto chino de “la Franja y la Ruta” es un poderoso imán para las burguesías de los países comunitarios en un período de debilitamiento de la economía europea y mundial que aún no se cerró desde la crisis iniciada en 2008. La dirigencia china aumenta su influencia económica y política en la UE postulándose como campeona de la “globalización” y la “apertura”, y aprovecha la coyuntura para invertir sumas gigantescas en la compra de empresas estratégicas y asociar a sus corporaciones estatales y privadas a las burguesías de los países de Europa occidental y oriental.
En Italia la China National Chemical Corporation (ChemChina) compró en marzo de 2015 la joya máxima de la industria italiana, el fabricante de neumáticos Pirelli, con ventas en 160 países y una facturación anual de más de 6.000 millones de euros. A mediados de 2016 el grupo chino Suning compró por u$s 307 millones el 70% de las acciones del club Inter de Milán, uno de los “históricos” de Europa.
Además Italia ya viene siendo parte de la red mediante la que China amplía significativamente sus alianzas financieras en Europa a través de su incorporación al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (BAII), del que también son partícipes otros integrantes de la UE como Alemania, Francia, Gran Bretaña, España, Luxemburgo, Polonia y Portugal. Las intensas presiones de Washington no pudieron disuadir a esos países de integrarse a ese nuevo polo chino de financiamiento, lo que muestra hasta qué punto crece la influencia china en las propias estructuras económicas internas de las potencias de la UE, aún por encima del temor de otros sectores poderosos de sus burguesías a que intereses chinos se apropien de empresas europeas estratégicas (principalmente industriales y tecnológicas).
Por eso mismo la confrontación creciente –por ahora predominantemente comercial– entre Washington y Pekín divide a las burguesías monopolistas euro-occidentales. Y, pese al apoyo explícito de la dirigencia china a la integración europea y a la UE como bloque, la crisis económica aún en curso y las alianzas que cada una de esas burguesías van tejiendo con Pekín constituyen un factor de división en el propio proceso de integración.










