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La agonía del capital: Venezuela y el colapso del simulacro multilateral en la era de la «Doctrina Donroe»

La Invasión a Venezuela demuestra que el imperio Norteamericano se desmorona, quedando en evidencia que su interés era sólo por los recursos naturales, nada de narcotráfico.

El inicio de 2026 ha quedado marcado en la historia no solo por el estruendo de los misiles, sino por el desmoronamiento definitivo de la superestructura jurídica que sostuvo la hegemonía del capital transatlántico desde 1945. La madrugada del 3 de enero de 2026, la invasión estadounidense a Venezuela, el bombardeo de su capital y el secuestro del presidente Nicolás Maduro —trasladado encadenado a Nueva York— no representan un evento aislado, sino la manifestación más cruda de la fase terminal del orden liberal «basado en reglas». Esta ficción, que Occidente enarboló como garante de la paz, se ha revelado finalmente como el derecho del más fuerte disfrazado de legalidad, confirmando que la soberanía en la periferia es apenas una concesión revocable cuando los intereses del centro imperialista así lo exigen (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

Este punto de inflexión histórico es comparable a los grandes cataclismos de 1914 o 1945, pero con una diferencia sustancial: lo que colapsa hoy es la pretensión misma de que existen normas universales capaces de limitar el poder del capital global. Bajo el mando de una administración que ha resucitado explícitamente la Doctrina Monroe bajo el «Corolario Trump», el imperialismo norteamericano ha decidido abandonar los velos diplomáticos para abrazar una política de hechos consumados. En este nuevo tablero, la acumulación por desposesión se ejecuta mediante la fuerza militar directa, la coerción económica y la fragmentación del mundo en bloques hostiles, situando al Sur Global en una encrucijada existencial frente a un imperio que, en su decadencia, se vuelve más errático y peligroso (Revista Zoom, 16 de enero de 2026;).

Venezuela: No era el narcotráfico, era el Petróleo

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de élite estadounidenses bajo la «Operación Southern Spear» constituye un acto de piratería internacional que redefine el uso de la fuerza en el siglo XXI. Presentada bajo la cínica narrativa de la lucha contra el narcotráfico, esta intervención busca en realidad asegurar el control de las mayores reservas petroleras del mundo y desmantelar cualquier foco de resistencia a la hegemonía del dólar en el hemisferio occidental. La operación, que resultó en la muerte de civiles y miembros de la seguridad venezolana y cubana, demuestra que el imperialismo ha pasado de la «guerra híbrida» y las sanciones económicas a una confrontación convencional selectiva, ignorando por completo la Carta de la ONU y los principios de no intervención (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

El violento secuestro del jefe de Estado venezolano no es solo un conflicto político, sino una necesidad del capital para estabilizar su zona de influencia frente al avance de potencias competidoras como China y Rusia. La respuesta institucional en Venezuela, con la asunción de Delcy Rodríguez y la movilización de milicias, evidencia que la eliminación de un líder no garantiza la obediencia de un pueblo; por el contrario, la intervención externa suele unificar a las sociedades contra el agresor, transformando la crisis en un catalizador de sentimiento antiimperialista. Sin embargo, el costo humano y la violación de la soberanía sientan un precedente devastador: si Washington puede secuestrar a un presidente sin mandato internacional, ningún país del Sur Global está realmente a salvo (Revista Zoom, 16 de enero de 2026;).

La «Doctrina Donroe»: El patio trasero bajo vigilancia militar

La publicación de la «Nueva Estrategia de Seguridad Nacional» de la Casa Blanca a finales de 2025 ha formalizado lo que ya se denomina la «Doctrina Donroe». Este marco ideológico reafirma que América Latina es el «patio trasero» incontestable de Estados Unidos, reemplazando el viejo enemigo del comunismo por el de los «cárteles», pero manteniendo la misma estructura de dominación. Washington se arroga el derecho unilateral de decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles constituyen una amenaza para su seguridad nacional, forzando a la región a elegir entre el vasallaje explícito o el riesgo de una intervención militar directa (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

Este retorno a la política del «Gran Garrote» del siglo XIX tiene como objetivo frenar la influencia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China y la cooperación militar con Rusia en la región. Cualquier intento de los países latinoamericanos por diversificar sus socios comerciales o financieros es ahora interpretado como una violación de la preeminencia estadounidense. La fragmentación regional es la consecuencia inmediata: mientras gobiernos subordinados celebran la intervención, otros ven con horror cómo organismos como la CELAC o la OEA se fracturan ante la presión de un imperio que ha decidido que la diplomacia es un estorbo para su supervivencia estratégica (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

El riesgo del multilateralismo: La ONU y la UE como testigos mudos

La inoperancia de las instituciones multilaterales en 2026 no es un error de diseño, sino el resultado lógico de su instrumentalización por parte de las potencias dominantes. La ONU, con su Consejo de Seguridad bloqueado por el uso sistemático del veto, se ha transformado en un foro declarativo sin capacidad de ejecución. En conflictos como el de Ucrania, Gaza o la reciente invasión a Venezuela, la organización ha sido incapaz de imponer altos el fuego o proteger la soberanía de los Estados, relegando su función a la gestión de las consecuencias humanitarias de las guerras que no puede evitar (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

Por su parte, la Unión Europea enfrenta una crisis existencial de irrelevancia geopolítica. Atrapada en su dependencia militar de la OTAN y su subordinación energética a Estados Unidos —tras cortar vínculos con Rusia—, Europa ha perdido su autonomía estratégica. Su silencio ante la invasión a Venezuela es el reflejo de una burguesía europea que no puede condenar la violación del derecho internacional sin arriesgar el paraguas de seguridad de Washington. Así, la UE se reduce a un protectorado rico pero sin voz propia, observando impotente cómo el orden westfaliano que ella misma creó se desintegra bajo el peso del unilateralismo estadounidense (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

La dictadura del dólar y la emergencia de un bloque financiero soberano

Uno de los pilares fundamentales del imperialismo contemporáneo, la hegemonía del dólar, ha entrado en una fase de declive terminal. La decisión de Occidente de confiscar las reservas rusas y desconectar naciones del sistema SWIFT en años previos destruyó la confianza global en la seguridad jurídica de la moneda estadounidense. En 2026, el mundo asiste al fin del «chantaje financiero de Washington». Las naciones del Sur Global han comprendido que mantener reservas en dólares no es una inversión, sino una vulnerabilidad ante cualquier intento de injerencia o sanción unilateral (Contraparte, 18 de enero de 2026;).

Multipolaridad conflictiva

El tránsito hacia la multipolaridad no es, sin embargo, un proceso exento de violencia. Asistimos a una etapa de desorden donde el derecho internacional es sustituido por la fuerza bruta en la disputa por recursos críticos. El Ártico y Groenlandia han emergido como nuevos escenarios de confrontación estratégica debido al deshielo provocado por la crisis climática. Lo que para la humanidad es un ecocidio, para el capital es una oportunidad de abrir nuevas rutas comerciales y explotar yacimientos minerales antes inaccesibles (Revista Zoom, 16 de enero de 2026;).

La amenaza de Estados Unidos sobre Groenlandia —territorio de Dinamarca, un aliado de la OTAN— revela que el imperio no tiene amigos, sino intereses. El control de las «tierras raras» y la posición militar en las órbitas polares son esenciales para la supervivencia del complejo industrial-militar estadounidense. Esta competencia por los espacios comunes globales fuera de toda jurisdicción nacional intensifica los riesgos de una escalada militar accidental, mientras las potencias ignoran la crisis climática para invertir billones en armamento de nueva generación (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

De Ucrania a Taiwán bajo la lógica de la atrición

La guerra en Ucrania se ha consolidado en 2026 como un conflicto de atrición industrial prolongado, donde la capacidad de producción de drones y sistemas de vigilancia es más decisiva que las maniobras tácticas. Este escenario bajo el umbral de la OTAN permite a Rusia consolidar el control territorial mientras Ucrania depende exclusivamente del apoyo externo para su negación. La dimensión espacial y el uso de satélites comerciales han difuminado la frontera civil-militar, convirtiendo a la infraestructura tecnológica en un objetivo de combate permanente (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

En el Indo-Pacífico, el Estrecho de Taiwán permanece como el principal punto de estrés del sistema. China despliega una estrategia de coerción progresiva multidominio, buscando el «hecho consumado» mediante bloqueos aduaneros simulados que reducen los costos de una invasión directa. Por su parte, Taiwán adopta la «estrategia del puercoespín», intentando elevar el costo de la agresión mediante una defensa asimétrica. En el fondo de esta disputa se encuentra el control de los semiconductores, el «oro negro» de la era digital, demostrando que la competencia estratégica contemporánea es inseparable de la base técnica de la producción global (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

El Oriente Medio y el colapso de la disuasión

La región de Oriente Medio ha entrado en una fase de ruptura del equilibrio regional. El colapso del modelo de disuasión indirecta culminó en confrontaciones interestatales latentes de alta intensidad, como la guerra de 12 días entre Israel e Irán en junio de 2025. En 2026, la inclusión del dominio marítimo —con ataques en el Mar Rojo y Bab el-Mandeb— ha dislocado las líneas de comunicación marítima (SLOCs), impactando directamente en el comercio y la seguridad energética global (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

Israel mantiene su doctrina de «campaña entre guerras» para degradar capacidades enemigas mediante acciones preventivas, mientras Estados Unidos sostiene una hegemonía selectiva que prioriza sus intereses inmediatos sobre cualquier arquitectura de paz regional. La ocupación de Gaza y la destrucción de su infraestructura continúan siendo una herida abierta que alimenta la radicalización y demuestra la absoluta incapacidad de la comunidad internacional para frenar crímenes de guerra cometidos por aliados del imperio (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

La crisis interna de Estados Unidos: Militarismo como cortina de humo

El unilateralismo agresivo de la administración Trump no solo responde a imperativos externos, sino a una profunda crisis de legitimidad interna. Con índices de aprobación que apenas rondan el 40% a finales de 2025 y una polarización social extrema, el despliegue de fuerza en el Caribe y las amenazas contra migrantes sirven para consolidar una narrativa de liderazgo firme ante un electorado fragmentado. El militarismo funciona aquí como un distractor de las contradicciones económicas de un sistema que ya no puede ofrecer bienestar a sus propios ciudadanos (Correo del Alba, 20 de enero de 2026;).

La persecución interna de inmigrantes, musulmanes y latinos, sumada a la exaltación de la supremacía blanca bajo el lema Make America Great Again, refleja un capitalismo en crisis que recurre al autoritarismo para sostenerse. El uso de tropas federales contra civiles y la securitización de la política doméstica son síntomas de un sistema que, incapaz de resolver sus fallas estructurales mediante el consumo desenfrenado, opta por la coerción. Esta dinámica interna se proyecta hacia afuera, convirtiendo a Estados Unidos en un actor que ya no busca liderar, sino dominar mediante el caos (Delta 13 News, 22 de enero de 2026;).

El Sur Global ante el dilema de los bloques

El mundo de 2026 se encuentra fracturado en tres bloques hostiles. El bloque occidental, liderado por Estados Unidos, mantiene su supremacía militar pero ha perdido toda legitimidad moral. El bloque eurasiático, liderado por China y Rusia con los BRICS+, atrae al Sur Global mediante inversiones y una narrativa de respeto a la soberanía, aunque aún carece de la proyección militar necesaria para proteger a sus socios de la agresión directa. Finalmente, existe un bloque neutral o atrapado, que incluye a India, la UE y naciones del sudeste asiático, que sufren presiones brutales para elegir bando en una nueva Guerra Fría (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

Para los pueblos del Sur Global, la multipolaridad no garantiza por sí misma un orden más justo, sino que abre espacios de maniobra. El desafío consiste en evitar ser simples piezas en el tablero de las grandes potencias y convertirse en sujetos de su propio destino. Esto exige la construcción de mecanismos de seguridad colectiva alternativos y la desdolarización efectiva de sus economías, pues la experiencia de Venezuela ha dejado claro que la soberanía no es negociable frente a quienes pretenden restaurar el colonialismo bajo nuevas etiquetas (Correo del Alba, 20 de enero de 2026;).

Conclusión: La urgencia de una alternativa revolucionaria

El colapso del orden multilateral de posguerra es una realidad consumada. La transición hacia un nuevo paradigma está marcada por la sangre, la ocupación y el ecocidio. Mientras el imperialismo se repliega hacia un unilateralismo agresivo para salvar sus activos estratégicos, la humanidad enfrenta una elección fundamental: permitir que el mundo regrese a la ley de la selva o articular una respuesta colectiva que ponga la vida y la soberanía por encima de la acumulación de capital. La invasión a Venezuela debe ser el momento en que el Sur Global diga basta (El Nuevo Diario, 21 de enero de 2026;).

En definitiva lo esencial para los pueblos del mundo y en particular los pueblos del Sur global, es la unidad. La unidad enfocada a entenderla cómo una expresión consciente de descolonización, de soberanía nacional y territorial dónde se contenga todas las particularidades de esos territorios en disputa por el intento de saqueo por parte de los distintos imperios.

La supervivencia planetaria depende de nuestra capacidad para detener la maquinaria de guerra que, en su afán por controlar recursos escasos, no escatima en dejar con sus guerras muerte y destrucción a su paso y nos encamina hacia una catástrofe nuclear. La multipolaridad debe ser entendida no como un fin en sí mismo —una mera reconfiguración del capitalismo bajo nuevos actores— sino como una etapa de transición que permita recuperar la dignidad de las naciones.

El punto de inflexión con la invasión a Venezuela y el secuestro de Maduro han acelerado el proceso de un cambio orientado a la Multipolaridad, pero también ha acelerado acercándose peligrosamente al umbral de una tercera guerra mundial nuclear.

El tablero geopolítico se ha movido; la pregunta para nuestros pueblos es si seguiremos siendo las fichas del imperio o si nos convertiremos en los jugadores que decidan el futuro de la humanidad.

Los pueblos del mundo deberán tomar en sus manos y enfrentar la realidad de lo que se avecina. Los revolucionarios del mundo tenemos una responsabilidad mayor porque no somos meros espectadores de los escenarios y cambios sino que debemos protagonizar ese cambio en pos de mejorar las condiciones que abra el camino a una sociedad más justa y sin guerras imperialistas.

Nicolás Weichafe

22 – 01 – 2026

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