Una mañana en el galpón de la Agrupación Clasista Lucha y Trabajo.
No es un comedor más. “Todo lo que ves aquí, lo hemos conseguido con la lucha”, sintetiza Antonia mientras Rosmery desgrasa la carne, Haydeé cocina el arroz y Eva corta las verduras. El galpón de la cooperativa guarda los alimentos conseguidos para los merenderos, tiene instaladas máquinas de coser para el trabajo textil y funciona como cocina y comedor. Sin calefacción, las hornallas ayudan a tolerar el intenso frío. Puertas afuera de la cocina, Sonia hace la tarea diaria de limpieza del galpón. Y subiendo y bajando las escaleras a un modesto cuarto montado en un primer piso, Magalí, Virginia, Sarah y otros realizan las tareas de administración.
Las compañeras cocinan para 70 personas aproximadamente: las compañeras y compañeros de las brigadas que trabajan durante la mañana por el barrio de Soldati y Lugano, más otras familias que buscan el almuerzo con un taper. “Tuvimos que aprender a cocinar para grandes cantidades”, confiesa Rosmery. Para saber cómo preparar tantas porciones “cada una aportó con algo de su conocimiento”, agrega. El menú del día: carne al horno –que a falta de horno funcionando se cocina en una olla con aderezos especiales–, arroz, sopa de verdura y una manzana de postre.
“En los últimos meses ha aumentado la gente que viene a pedir”, coinciden las cocineras analizando la inflación y el aumento del hambre. Cuentan, además, que en el barrio ya no se ven tanto los asaditos de festejos. Cada una de ellas, como cada integrante de la cooperativa Lucha y Trabajo, son parte de esa realidad social doliente. Y son parte de esas organizaciones conformadas para no resignarse a la injusticia y que vienen arrancando al Estado alimentos y puestos de trabajo –aunque precarizados–. Las hemos visto en los cortes de la 9 de Julio, o en las ocupaciones de organismo públicos. Les preguntamos sobre cómo llegaron a organizarse y cuáles son sus necesidades y deseos.
“¿Su documento?”
Haydeé hace 14 años que vive en Buenos Aires; y dos que participa de las movilizaciones de Lucha y Trabajo. “Yo me vine de Bolivia porque he perdido mi casa por préstamo de bancos. Los bancos me lo remataron. Por ese motivo yo me vine acá con esa idea de trabajar con todos mis hijos.”
Conoció a la agrupación a través de una amiga. “Yo buscaba trabajo: ‘quiero trabajar, avisame si hay algún trabajo de limpieza…’”, cuenta que le dijo a su amiga. “Y entonces ella me comentó que hay una cooperativa, y asistiendo a los piquetes, a las marchas y uno puede entrar a trabajar. No tengo casa, tengo que trabajar sí o sí para pagar en alquiler.” Entró a trabajar en enero de este año, por cuatro meses. “Descansé un mes. Y en ese tiempo iba a las marchas, a las reuniones.” Luego entró a la cocina donde trabaja desde hace un mes. “Yo me siento un poco conforme porque me favorece el trabajo que tengo acá, me permite pagar mi alquiler y un poquito descansar porque no es como trabajar en otros lugares 12 horas. Acá trabajamos 4 o 5 horas”, explicó.
Su llegada a la Argentina no fue como esperaba. “Al mes que llegué –explica– mi hijo tuvo un accidente y quedó mal. Hasta ahora él sigue en el hospital. Un hijo discapacitado que, por el tiempo que yo soy extranjera acá en Buenos Aires, no le pueden ayudar.” Con inocultable dolor recuerda aquel accidente. “Fuimos a buscar trabajo, no me acuerdo qué avenida era.” Allí su hijo Marcelo fue atropellado y recibió un fuerte golpe en la cabeza. Mientras esperaban al SAME, un policía le preguntó:
–¿Su documento?
–No tengo. Lo tengo en la pieza donde vivo.
–¿Sos peruana?
–No, yo soy boliviana.
Entonces el policía le advirtió que si no tiene DNI argentino no lo iban a atender. “No le quisieron internar –recuerda Haydeé–, no lo quisieron atender. Le pusieron un trapo, una venda, en el hospital Durán y lo dejaron ahí. No lo atendieron bien a mi hijo. Y el enfermero me dijo: ‘Señora, no le van a atender a tu hijo. Andá a tu consulado a pedir la orden para que lo atiendan’”. Haydeé fue al consulado boliviano, le dieron una orden y recién ahí lo atendieron.
Estuvo seis meses en el hospital; luego pasó por el Piñeiro y finalmente lo llevaron al hospital Borda. “Desde ese momento del 2003, todo ese año estaba internado porque no se podía recuperar.” Estos 14 años Haydeé ha buscado cuidar de su hijo Marcelo, que ya tiene 31 años. La acompaña una de sus hijas, de 20 años, que estudia enfermería. A su hijo “no pueden darle su pensión porque no estamos 20 años acá. No puede tener su servicio social porque somos extranjeros”, se lamenta.
¿Cómo son sus días? “Me levanto a la mañana. Limpio a donde vivo. A veces tomo desayuno o a veces por la preocupación no tomo. Vengo al trabajo. A veces en el trabajo me despejo por esas preocupaciones. A veces sí río. A veces también no río. Me despejo y más tengo una satisfacción para poder pagar mi alquiler.”
Democracia
Rosmery era peluquera en Bolivia. “Solo vine para juntar 1000 dólares y volver allá”, explica. Eso fue hace 18 años. “Yo tenía mi pareja. Primero él se vino. Entré clandestinamente.” Una vez en Buenos Aires, “he ido de hotel a hotel, de casa en casa”. La necesidad de vivienda la llevó a vincularse a organizaciones sociales, para luego pasar a la CCC. “En la CCC hubo el quilombo que ustedes saben y me quedé en Lucha y Trabajo”, reafirma orgullosa.
“Yo ya sabía de qué lado estar porque había mucho quilombo con Tano [Luciano Nardulli, CCC sudoeste CABA]. Fuimos al Iván [Sergio Párraga, que rompió con la CCC y hoy integra la Agrupación Lucha y Trabajo] nosotros todos. (…) Las cosas es que teníamos reuniones de delegados y siempre se dijo que la CCC no se juntaba con los terratenientes… [Pero] Alderete [coordinador nacional de la CCC] se reunió en una cena [de la Fundación Alvarado en la Sociedad Rural]; todo eso se supo, en la reunión se le cuestionó a Tano. Tantas cosas se le cuestionó… que Tano para la mayoría era corrupto. De esa manera nos separamos”, explica. Además, “lo que decidíamos en la mesa de delegados él no lo hacía, el quería como que la minoría quería ganar a la mayoría”, concluyó.
“Entonces ahí aprendí un poco de política. Y me gusta y me parece que yo sigo aquí y crecimos. (…) Crecimos, levantamos de cero, nos dejaron sin nada. Habían tratado de denigrarle siempre a Iván, que era un chorro, tantas cosas: cosas que nosotros sabíamos que no eran así. (…) La línea de Iván es buena, es un ejemplo a seguir. Porque siempre le gusta la transparencia. Por eso me vine a este lado. Yo no sabía qué era ‘línea’; ahora sé cómo es la línea. Sé que la línea es ser honesto, tiene que haber democracia, ser transparente, ser compañero. Eso es línea. (…) El estar aquí, participando aquí en la cooperativa, te ayuda. Conocés tus derechos, la democracia.”
Furia en el corazón
“[La agrupación] me ayuda a desenvolverme, tal vez a que nadie me atropelle. Aun cuando yo tuve un problema en mi familia. Me separé de mi marido aquí”, cuenta Rosmery, que tuvo un hijo nacido en Argentina con su ahora ex marido y tiene una hija nacida en Bolivia cuando era soltera. “Entonces cuando me separé mi hija estaba aquí, y al ver que tuve problemas ella se volvió [a Bolivia]. Estuve tan ciega compañero que nunca me di cuenta. Yo con mi hija no vivía porque siempre sabía que los padrastros las violaban a los chicos. Trataba de no vivir con ella estando yo en pareja.”
En noviembre de ese año, la visita su yerno. Ella todavía seguía triste por la separación. Entonces se enteró: “Mi yerno me dice: ‘¿Por qué sigues llorando? Él no te quiso nunca. Vos tienes que enterarte, que tu marido le violó a mi mujer cuando ella era inocente’. Ahí me enteré que a mi hija la había abusado mi marido…”
“Me dio ganas de fusilarlo [a su marido]. (…) Viví con un violador mucho tiempo, 20 años. No había sido el primer caso. Mi marido violó también a su prima, cuando vivían junto a su tío. Y él, lo admitió que la abusó a mi hija. (…) Mi hija no vivía conmigo, yo tenía peluquería y en la peluquería la había agarrado él en Bolivia el maldito. Tenía 13 años, ahí es cuando mi marido la había agarrado.”
“[Entonces] le cuento a Iván. Tenía que hacer algo. Me olvidé hasta de dormir tanto pensar en esa situación. De tanto llorar ya estoy ciega, no veo bien. Hemos ido a hacerle un escrache con la compañeras de las Insurrectas, hicimos un escrache acá. Y denuncié aquí. Le llamaron a esa persona. Nunca apareció más. Yo ahora estoy más tranquila.”
“Hoy mi hija está aquí cerca de mi barrio. Yo le fui a traer. Cuando supe esa situación, cuando me contó mi yerno, entonces yo viajé a Bolivia. Tenía un ahorrito de lo que yo había trabajado. Entonces me fui allá y mi hija me contó ahí. Fuimos a un psicólogo y habló mi hija. Ya es mayor. Tiene 32 años. Y ahora está conmigo, estoy con mis dos hijos.”
“Si no me hubiera separado todo, mi hija todavía estaba guardándoselo dentro de ella. Pero ella tampoco estaba tranquila teniendo ese problema. Por eso es que su marido le había sacado de a poco palabras y ella le confesó a su marido. Cambié mucho desde que me enteré. Tenía acá dentro una furia en el corazón… Eso compañero. Ese es mi dolor más grande.”
“Espero seguir aquí y aprender más. (…) Me distraigo aquí. Me ayuda mucho así, pero no me olvido de lo que pasó en mi familia.”
Conseguido con la lucha
Antonia trabajaba como embolsadora de orégano en Sucre. “Nos pagaban una miseria. A ellos les convenía pero a nosotros no. (…) Aparte me vine porque tenía deudas allá. Por eso me vine, trabajé y pude mandar plata y pagar las deudas.”
Dejó su trabajo de obrera y se vino con su pareja a Argentina, con la más chiquita de sus hijas y dejando a sus otros hijos en Bolivia. “Al principio no teníamos nada, ni ollas, ni vasos, ni cubiertos. Sólo teníamos lo de las mochilas. Después alquilamos una pieza y la que nos alquilaba nos prestó una olla y una cocinita”, cuenta.
“Yo tenía que trabajar para mandar plata a mis hijos que están en Bolivia. (…) Empecé a trabajar de costura primero, pero no me gustó porque me hacían trabajar de 7 de la mañana hasta las 9 de la noche. Yo a veces tenía que llevar a mi hija al trabajo y la dueña se enojaba. Mi marido también tenía que trabajar, no tenía documento entonces trabajaba de cualquier cosa. (…) Yo me desesperaba por mis hijos que estaban allá, porque no les podía mandar dinero. (…) Después trabajé en la cocina [de un restaurante de comida rápida] en una casa en Capital. Era difícil conseguir porque en todos lados te pedían documentos y referencias. Trabajaba todos los días, los sábados, domingos, feriados. En ese trabajo me pagaban mejor, yo estaba contenta porque podía pagar mi alquiler. (…) Tenía un día de franco, lunes o martes porque no podía los sábados porque era donde había más trabajo. Yo pude ahorrar un poco para comprarme un terrenito, porque no podía seguir viviendo de alquiler.”
En 2013 Antonia se integró a la agrupación a partir del contacto de una vecina. Participó de las movilizaciones, entró a trabajar en una escuela, luego en la UGIS y hace dos meses que se desempeña en la cocina. “Participo de las reuniones, algunas en mi casa. Vemos como tenemos que hacer cosas, ir a pedir trabajo. Los acampes. Todas esas cosas.”
Sobre la situación social en el barrio evalúa que “no es como antes. No hay trabajo. Los vecinos, que son de Paraguay, Bolivia, siempre hacían su asadito, sus juntadas. Pero ahora ya no hacen nada porque no hay plata, ya no hacen ni fiestas. Que antes hacían los fines de semana”.
Comenta entonces sobre la importancia de las movilizaciones, como la vigilia que protagonizaron el 24 de mayo por la noche en el Obelisco: “Dijeron que tenemos que ir todos los compañeros. Iba a estar Macri en esa plaza [de Mayo], entonces tenemos que ir para que nos escuchen. Porque estuvimos el 11 [en el Ministerio de Desarrollo Social] y no nos escucharon, nos sacaron. Dijeron que nos iban a dar 200 puestos de trabajo y no nos dieron nada. Por eso es que vamos a ir el 24. (…) Si no vamos a las marchas, los acampes no conseguimos nada. Si vamos nos escuchan, sino, no nos escuchan. Así hemos conseguido trabajo y cosas, pero siempre en la lucha. Sino no te dan bolilla. Todo lo que ves aquí, lo hemos conseguido con la lucha. Porque no teníamos nada.”




















