Un día de las vacaciones de verano, cuando yo tenía 14 años, estaba sentada en el umbral de la vereda de mi casa con mi amiga de al lado. Leíamos las canciones del librito de un casete que habíamos comprado a medias y nos lo íbamos prestando. Hacía un calor terrible y no había un alma en la calle. En eso, un hombre pasa por la vereda, se baja la bragueta y nos muestra el pene. Nos habla, nos dice cosas que nos intimidan y que no logramos escuchar (o no logramos recordar). Nuestras familias estaban adentro, en las casas, a dos pasos de donde estábamos nosotras. Nadie más que nosotras dos vimos o escuchamos lo que nos hizo ese hombre, que se tomó su tiempo para masturbarse y eyacular al lado nuestro. Nosotras quedamos mudas, angustiadas, nerviosas, avergonzadas, culpables.
Inmediatamente nos metimos cada una en su casa y dejamos de hablarnos por unos días, y contamos a nuestras familias lo que había sucedido. Mi amiga no quiso hacer la denuncia pero yo acepté esa posibilidad cuando mi papá me ofreció ir a la comisaría. Inexpertos en estos temas, llegamos a la comisaría y mi papá le explicó al policía el motivo por el cual habíamos ido hasta allí. Del otro lado del mostrador, con un pucho en la mano, a los gritos y sin mirarme jamás, el agente policial me preguntó cientos de detalles morbosos e indiscretos a mí, que había sido la víctima de la espantosa escena. Sus preguntas me hacían confundir porque no me sabía preguntar, porque era un macho bruto a quien no le interesaba lo que me había pasado y tampoco resolver el problema. Anotó y anotó hasta que debió estar cansado de escribir y al acabar le entregó la hoja a mi papá, para que la leyera y firmáramos. Mi papá me preguntó si quería leerla yo (que no tenía edad para que me mostraran el pene y se me masturbaran adelante pero sí para leer el relato de lo que me había pasado). Acepté avanzar y leer.
La redacción era imprecisa y no reflejaba lo que había sucedido. ¿Yo había contado mal las cosas? ¿Había inventado todo? Sentía que si mi amiga estuviera ahí conmigo, entre las dos podríamos recordar mejor; sentía que sola no podía. El agente me había preguntado cien veces lo mismo y había escrito lo que él había querido. No le importó mi relato, no le importó lo que había sucedido. No empatizó conmigo como ser humano. No pensó en sus hijas, en sus hermanas, en sus sobrinas. Empatizó con el exhibicionista, con el perturbador. Me sentí avergonzada, me reprochaba haber ido a la comisaría, me sentía una mentirosa. Pensé durante mucho tiempo por qué yo había inventado esa historia. Durante unos meses, por las noches, comencé a hacerme pis en la cama. Tenía 14 años y un hombre se había masturbado frente a mí.
Mi amiga y yo estábamos tan angustiadas y avergonzadas que no volvimos a salir a sentarnos en el umbral de la vereda. No volvimos a vernos, a hablarnos. Por años nos guardamos rencor. No lográbamos encontrar la causa de nuestra incipiente enemistad. Sucedió que con el tiempo, ya mudadas e independizadas de la casa de nuestras infancias, pudimos conversar de casualidad, una navidad que festejamos en el barrio. Hablamos toda la noche de nuestra amistad y entre las dos, despacito, logramos recordar ese fatídico incidente que nos separó. Pensamos juntas si hubiera sido mejor no haber dicho nada a nadie, guardarlo como nuestro secreto. Porque en definitiva, esa intimidad que ese hombre nos perturbó, que nos obligó a presenciar, fue la intimidad que perdimos como amigas. Nuestros secretos y nuestra amistad quedaron expuestos, como el pene inmundo de ese hombre.
A esa misma edad que nosotras teníamos, Thelma Fardin fue violada por Juan Darthés. Las víctimas tardan mucho tiempo en poder reconstruirse un poco interiormente y tardan más aún (si es que acaso lo logran) en hacer la denuncia. La historia, la sociedad, las familias, las amistades nos habían venido enseñando que romper el silencio tiene consecuencias negativas y severas para las víctimas, que son juzgadas y revictimizadas hasta que se agotan y salen del circuito judicial. Recuperarse de un trauma tan grave como el de una violación lleva un tiempo que no es el tiempo del poder judicial. Peor aún: el sistema judicial aún hoy condena a las víctimas a permanecer en silencio y en la vergüenza y la culpa y garantiza impunidad y beneficios de libertad a los violadores y atacantes.
Juan Darthés podría cumplir entre 12 y 15 años de prisión. Casi la misma cantidad de años que le llevó a la víctima en hacer la denuncia. Los elementos de prueba que resultaron de la denuncia de Thelma Fardin en Nicaragua el año pasado contra Juan Darthes por violación fueron suficientes y determinantes para la acusación formal: el actor está acusado de violación. Es un delito muy grave que solo conduce a prisión y como no está residiendo en Nicaragua, la justicia de ese país pidió su captura y extradición, se encuentre donde se encuentre. Adonde vaya, la Interpol lo irá a buscar. Y los colectivos feministas latinoamericanos, también.
El abogado de Juan Darthés, Fernando Burlando, solidarizándose con el violador, declaró que exponer al actor a la justicia nicaragüense sería llevarlo a la muerte. Argumenta que en Nicaragua hay una dictadura y que en esos estados de situación nadie quiere la verdad, que lo que van a hacer con Darthés es mostrar al mundo cuán democráticos y justicieros son. Es curioso que Burlando hable de la situación de desigualdad y desequilibrio en la que se encuentra Darthés. Es como si hubiera estudiado muy bien los reclamos feministas y hubiera tomado nota de nuestros argumentos. Porque lo que está en desigualdad son los derechos de las mujeres y el desequilibrio lo genera la sociedad patriarcal, que defiende violadores y garantiza su libertad, ridiculizando y revictimizando a las víctimas reales.
Hacer una denuncia por violencia de género es tedioso, doloroso y cansador pero es necesario: tenemos una responsabilidad ética e histórica por dejar asentado cada violencia. Es parte del camino necesario que tenemos que atravesar como sociedad: poniendo a la vista la violencia que recibimos las mujeres. Tenemos que avanzar en la lucha, en la construcción del feminismo, en el reclamo por la especialización de los funcionarios en perspectiva de género, por el reconocimiento de las víctimas y por el juicio y el castigo a los violadores, maltratadores psicológicos, golpeadores, atacantes y violentos en general.
Todas somos Thelma Fardin porque un colectivo es eso: todas somos una y una somos todas. Todas las mujeres somos víctimas de violencia, todo el tiempo. ¡Todo el maldito tiempo! Y es tan común ser víctimas de violencia que a veces hasta no nos damos cuenta o incluso quedamos paralizadas ante tales hechos. La denuncia de Thelma se transformó en la voz que visibiliza nuestras experiencias de violencia. Su denuncia abrió una puerta que no se va a cerrar más: exigimos a la justicia que la impunidad, la crueldad del silencio y la soledad dejen de ser parte de la vida cotidiana de las mujeres que sufrimos violencia machista. Y se lo exigimos a todas las justicias: a la argentina, a la nicaragüense, a la brasilera, a todas.
Por Fer




















