28 muertos en un mes, casi uno por día, que va dejando la represión militar y paramilitar, con incursiones dentro de los domicilios y ataques a mansalva a los manifestantes. Cientos de miles ganaron las calles, donde se encuentran grandes sectores populares golpeados por la pobreza y el hambre creciente. Éste es el marco donde los sectores de la derecha oligárquica y proyanqui aprovechan, motorizan y estimulan, legitimados por su mayoría en la Asamblea Nacional que le dieron las últimas elecciones. Ganó las calles desde principios de abril y se propone la embestida final para forzar la renuncia de Nicolás Maduro, después de haberlo intentado con el juicio político, la declaración de “abandono de cargo” y multitudinarias marchas. El gobierno chavista, desgastado por una notoria caída del apoyo popular, desencadenó una represión feroz, incluso con grupos parapoliciales.
Si bien es cierto que las barriadas pobres de Caracas y de las principales ciudades mantienen su fidelidad al gobierno, la sociedad venezolana está fracturada. Y de mala manera porque también está dividido el pueblo: en medio del desabastecimiento y una inflación galopante, la represión y la impotencia reformista del gobierno volcaron a la oposición a parte de los sectores populares, que ya están padeciendo las consecuencias de las políticas de Maduro.
Pese a la pobreza y el hambre que crecen, el gobierno chavista decidió privilegiar el pago de los compromisos de la deuda externa: de los 11.000 millones de dólares que vencen este año, 2.500 millones fueron pagados en abril. Lo hace acosado por la necesidad de “recuperar el crédito”: en los últimos cinco años la vertical caída de los precios del petróleo puso fin al período de “vacas gordas”, durante el cual se destinó dinero para las misiones sociales pero no se impulsó la industrialización del país ni un desarrollo integral del agro, y se importó la casi totalidad de los bienes de consumo y maquinarias, pagándolos en dólares (y en petróleo en el caso de China). Así creció la deuda y así crece ahora la necesidad de seguir pidiendo prestado. En los 20 años de chavismo la deuda externa venezolana se multiplicó por seis (de 25.000 millones a 150.000), provocando un gigantesco endeudamiento del Estado y de la petrolera estatal PDVSA.
Por este camino se profundizó la vulnerabilidad de la economía venezolana –expresión de su profunda dependencia–, facilitando el embate del imperialismo yanqui a través de sus socios internos y de su “ministerio de colonias”, la Organización de Estados Americanos. El secretario general de la OEA Luis Almagro convocó una reunión de cancilleres para abrir paso a la abierta injerencia y a la intervención extranjera en Venezuela. Maduro decidió retirar al país de la organización denunciando con razón el injerencismo y el ataque a la autodeterminación de los pueblos; pero en las actuales condiciones se acentúa el aislamiento de Venezuela del resto de América Latina.
Y sobre este telón de fondo vuelve a evidenciarse la verdadera naturaleza de los imperialismos chino y ruso: presentándose como “amigos de los pueblos”, a la hora de la verdad siguen exigiéndole sin piedad a la nación venezolana –y el gobierno de Maduro aceptando– el pago de sus deudas por préstamos (China) y por armamento (Rusia).
La crisis política de Venezuela se profundiza día a día y su desemboque es imprevisible. Los destinos de su pueblo reclaman la solidaridad activa de todos los demás pueblos latinoamericanos en defensa de su autodeterminación y de sus conquistas.










