Por Guillermo Caporaletti
Como un cuento de suspenso, la nota describe las tensiones y pormenores en los minutos previos al anuncio. Festeja el acuerdo con los países que reúnen “cerca de un cuarto del PBI mundial” y reproduce la alegría oficialista: “un momento histórico”. Recién en el último párrafo señala algún beneficio concreto: “que hasta 99.000 toneladas de vacuno de Mercosur entren anualmente sin arancel al mercado europeo”. Una prenda tentadora… para los tradicionales sectores ganaderos. Pero la nota de Clarín, anunciando la firma del preacuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (29/6), nada dice de las consecuencias adversas si este proyecto finalmente se implementa en 2021. ¿Qué ocultan?
Desde la oposición se escucharon las voces de alerta. Pero también podemos leer los diarios europeos. Según el periódico francés Le Figaro, “los europeos esperaban avances por parte de Mercosur para que indicaran las áreas geográficas protegidas y, especialmente, en la apertura de su sector automotriz. A la inversa, los sudamericanos esperaban un mayor acceso al mercado europeo para su producción agrícola, especialmente la carne vacuna” (28/6). Es decir: el tradicional intercambio de materias primas por productos industriales que tanto supo aprovechar la oligarquía argentina desde el siglo 19. Ésta es la “integración al mundo” que promueve “Juntos por el Cambio”, que no tiene nada de nuevo sino que más bien atrasa dos siglos. Hoy, el 65% de lo que Argentina exporta a Europa son harinas, soja, biodiesel, carne vacuna y minerales de plata.
En el caso de la industria automotriz, que ya hoy sufre una crisis terminal, la producción local podría ser reemplazada por la importación no sólo de autopartes, sino también de vehículos directamente. Los monopolios europeos no tendrán problema en cerrar sus filiales si les es más negocio traer el producto ya armado en un container. El problema será de los trabajadores argentinos que engrosarán la desocupación. Lo mismo podremos analizar con cada rama de la industria. Y el problema no sólo son las importaciones que desplazarían a la producción local, sino incluso las que reemplazarían nuestras exportaciones al resto del Mercosur. Hoy el Mercosur significa el 23% de nuestras exportaciones, incluyendo una importante cuota de productos industriales.
Pero nuestros problemas no terminarían allí. Incluso sectores agrícolas han expresado su preocupación. Por ejemplo, los productores sanjuaninos de aceitunas y aceite de oliva. Es que España subsidia fuertemente su producción olivícola local, resultando en que este aceite es el más utilizado en la península ibérica. ¿Cómo podrían los productores sanjuaninos “competir” con esto? Esta realidad se da también en los quesos, los vinos y en toda manufactura de origen agropecuario, más allá de un análisis particular que puede hacerse sobre cómo son los subsidios en Europa para cada producción de este sector.
¿Competencia?
Ante la evidente desventaja de las manufacturas sudamericanas frente a las europeas, Joaquín Morales Solá adelanta en La Nación (“Cómo será un futuro gobierno de Macri”, 30/6): “Ese acuerdo obligará a la Argentina a una reconversión industrial significativa. (…) Es hora de que la industria argentina se adapte a las condiciones de la competencia internacional. Cerca de 80 años de proteccionismo no han hecho más que frenar el progreso del país y obligar a los argentinos a elegir entre productos muchas veces malos y caros”. ¿Qué propone para “adaptarse”? Avanzar en la reforma laboral y la reforma previsional (aunque busca asignarle alguna otra denominación menos repudiada). Insiste con el ejemplo de la flexibilización en Vaca Muerta. Nuevamente, los productos primarios como producción fundamental.
Según Morales Solá, habríamos perdido “cerca de 80 años” en políticas de protección de la producción nacional y de reconocimiento de derechos laborales. Este discurso no tiene nada de novedoso no sólo porque reafirma el relato del gobierno, sino porque nos rememora al fallido Plan Pinedo de 1940. El entonces ministro Federico Pinedo –abuelo del actual senador homónimo– consideraba que la agricultura era la rueda principal de la economía y que a lo sumo podría haber algunas “industrias naturales” como ruedas auxiliares. El presidente Macri, cuando habla de que Argentina debe ser el supermercado del mundo, retoma este mismo proyecto: producción primaria con algo de valor agregado. Desde ya, todos estos detractores de nuestra industria pasan por alto lo difícil que es producir con tasas de interés desbocadas, con tarifas a precios de importación y sin una política industrial estratégica nacional, que sí tienen todos los países industrializados. Y soslayan también la tremenda carga que significa para nuestra Nación pagar alrededor de 50 mil millones de dólares anuales en deuda externa, fuga de divisas y remisión de utilidades al exterior (datos del INDEC, ver Vamos! N°138).
Campaña
El acuerdo Mercosur-Unión Europea recién empezaría a implementarse a partir de 2021. Por lo tanto, el resonante anuncio busca ser parte de esta campaña electoral. El gobierno de Macri presenta este acuerdo como nuestra integración al mundo. Pero el problema no es integrarse o no, sino cómo. Porque con este “acuerdo histórico” se estará dando un golpe demoledor a nuestra industria, con el consecuente aumento de la desocupación y la pobreza. Sería una “integración” subordinada, con una producción aún más primarizada, de una Argentina en la que sobrarían millones de habitantes. En el camino de nuestra liberación, hoy se impone rechazar este proyecto lacayo.




















