EEUU-China: sube la temperatura de la guerra comercial

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El jueves 23 de agosto, la guerra comercial entre Estados Unidos y China iniciada en julio se acercó un paso más a un punto de no retorno. Ese día entraron en vigencia nuevos impuestos de Washington a unos 300 productos chinos –principalmente electrónicos y equipos industriales– que ahora deberán pagar un arancel del 25% para ingresar a EEUU. Y el mismo día Pekín respondió imponiendo la misma tarifa a una cantidad similar de productos norteamericanos. En julio los productos afectados por cada una de las partes sumaban 36.000 millones de dólares; ahora suman otros 16.000, y la perspectiva es la profundización de la espiral de represalias comerciales con que las dos principales potencias del mundo buscan resguardar cada una su propio mercado interno y su producción industrial y asegurar su predominio mundial.

El presidente yanqui clama que China “se beneficia injustamente” del comercio con EEUU, y que los subsidios chinos y sus maniobras con el valor del yuan (la moneda china) quintuplicaron el déficit estadounidense entre 2002 y 2017, de 80.000 millones de dólares a casi 400.000 millones. En 2017 China le vendió a EEUU bienes por 500.000 millones de dólares, pero EEUU le vendió por sólo 130.000 millones. Por eso Trump vino a cumplir las promesas de abandonar las políticas liberales con que EEUU se benefició durante décadas, y a adoptar las medidas proteccionistas –que ahora profundiza– por las que la burguesía monopolista yanqui lo ungió como candidato hace dos años. Y por eso China, que en la última década fue ganando ventajas de mercado y financieras, toma el reemplazo del imperialismo norteamericano y se erige en defensora y vocera de la globalización imperialista y del “libre comercio”.

¿Guerra sólo comercial?

El conflicto entre Washington y Pekín no será pasajero. Unos y otros se preparan para un conflicto largo, que ya tiene repercusiones en la economía mundial y que podría tener derivaciones impensadas. El Departamento de Comercio estadounidense ya está elaborando el arancelamiento de una nueva lista de productos chinos por 200.000 millones de dólares, el cuádruple de lo establecido hasta ahora. Como en las oportunidades anteriores, Pekín aseguró que habrá represalias. Y Trump redobló la apuesta sugiriendo que podría gravar no una parte sino todas las importaciones chinas, por el total de 500.000 millones de dólares.

Sucede que la guerra comercial, que se recalienta día a día, no es más que la forma visible en que se manifiesta la pugna entre los imperialismos yanqui y chino por quién hegemonizará el siglo 21. Si esa pulseada por ahora se manifiesta principalmente en el terreno económico (comercial, monetario) es porque Pekín todavía prioriza ese terreno y usa las alianzas comerciales y las asociaciones estratégicas como punta de lanza de su expansión mundial. Antes usó el “alejamiento” norteamericano de América Latina para convertirse en el principal cliente y prestamista de la mayoría de los países de la región. Ahora aprovecha las contradicciones de Washington con Turquía para acercar a Ankara a los BRICS y a la Organización de Cooperación de Shanghai; fogonea los reclamos de los países africanos para que se “desdolaricen” a favor del yuan; y muy probablemente apoyará a Irán para erosionar la amenaza yanqui de volver a castigar a Teherán con sanciones por su plan de desarrollo nuclear.

La guerra comercial chino-yanqui afecta a América Latina no sólo por el alza de los precios mundiales que provoca la disputa de aranceles en diversos productos e insumos industriales. Los acuerdos que muchos gobiernos de la región han establecido con China –entre ellos el kirchnerismo e incluso el macrismo en la Argentina–, y el hecho de haberse convertido a Pekín en el gran comprador de nuestras exportaciones y en la primera o segunda fuente de inversiones y de préstamos de la mayoría de los países latinoamericanos, mete a nuestros países de lleno en una disputa que puede convertir a América Latina en una de las “áreas calientes” de la rivalidad imperialista mundial.