Asesinos múltiples, adentro y afuera de EEUU

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Un hombre entra armado a una escuela, o a un parque de diversiones, o a una discoteca, y asesina a tiros a jóvenes, estudiantes, vecinos. ¿Qué hay de profundamente podrido en la ideología y la cultura imperialista norteamericana que hace que estos horrores se repitan casi semanalmente en los Estados Unidos?

El domingo 12 de junio en Orlando (Florida) Omar Siddique Mateen, de 29 años, ciudadano estadounidense de padres afganos, abrió fuego durante tres horas en un boliche frecuentado por la comunidad homosexual, matando a 50 personas e hiriendo a 53. Finalmente fue muerto por fuerzas especiales de la policía. El asesino múltiple trabajaba como guardia de seguridad en G4S, uno de los muchos y poderosos “ejércitos privados” empresariales vinculados con las fuerzas armadas que existen en EEUU, y tenía permiso para llevar armas.

Ya hubo muchos “asesinatos múltiples” en EEUU. En 2007 se produjo uno en la Universidad Virginia Tech (Virginia), en el que murieron 32 personas. En otro de 2012 en una escuela primaria en Newtown (Connecticut) fueron muertos 20 niños y 6 adultos… Pero el de Orlando es el número 173 en los 6 meses que van de este año en Estados Unidos.

El padre de Mateen dijo que lo que lo impulsó fue el odio a los homosexuales. El FBI lo tenía fichado e investigado como posible simpatizante de “Estado Islámico” (ISIS). “Los verdaderos musulmanes nunca aceptarán los modos indecentes de Occidente”, “Estados Unidos y Rusia, dejen de bombardear al Estado Islámico”, facebookeó Mateen durante el tiroteo. El ISIS se atribuyó el ataque, pero a más de una semana del atentado las autoridades estadounidenses dicen que no hay pruebas ni indicios de que esa organización haya entrenado o dirigido al asaltante.

¿Qué clase de “intolerancia”?

La prensa yanqui y mundial se llenó de interpretaciones. “Fue un crimen de odio contra los gays”, dijeron algunos. “Un acto de terrorismo islámico”, según otros. Y otros más culpan a la facilidad con que se pueden comprar armas en Estados Unidos.

Lo cierto es que en los últimos años se manifiesta en EEUU una extrema derechización ideológica, como la que se ve en engendros republicanos como el Tea Party, en el movimiento America First! (Estados Unidos primero!), y en los gritoneos fingidamente payasescos del candidato presidencial republicano Donald Trump contra los inmigrantes. Pero también en la liviandad con que se vuelve a justificar el militarismo y la injerencia yanqui en todo el mundo, las estrategias belicistas contra países oprimidos –como Irak– o frente a sus rivales –como Rusia y China–, y el mantenimiento de campos de concentración –como el de Guantánamo–, como de hecho hizo durante 8 años el gobierno demócrata de Obama y Hillary Clinton.

El crecimiento de lo que los medios llaman “intolerancia” muestra una versión desembozada del resurgimiento de las tendencias más agresivas y expansionistas del imperialismo norteamericano, estimulada desde poderosas posiciones dentro del estado yanqui y para las que una parte de la población norteamericana ya fue ganada. Es una ideología que, como todos los fascismos, etiqueta y contrapone a buenos y malos, blancos y negros, norteamericanos cristianos y terroristas islámicos, para justificar sus asesinatos en los países que ocupan. Para esa mentalidad –en ascenso tanto entre los republicanos como entre los demócratas–, si los “asesinos múltiples” –cuando son dentro de EEUU– son de raza blanca se trata de “personas con las facultades mentales alteradas” y el problema es la facilidad con que en EEUU se puede conseguir un fusil de asalto. Pero cuando son musulmanes llaman a reforzar la legislación represiva interna y las políticas de guerra contra el yihadismo, a cerrar las fronteras para impedir la entrada de inmigrantes islámicos y de “terroristas” (que en el caso de Trump son prácticamente la misma cosa), y a reforzar el poderío militar yanqui contra las “amenazas” o competidores externos.

Por eso mismo, en plena campaña electoral hacia las presidenciales de noviembre, el origen afgano del atacante de Orlando pone a republicanos y la demócratas frente al mismo espejo. Porque también con los demócratas Obama y Hillary Clinton continuó durante ocho años y sigue hoy la intervención militar en Afganistán iniciada con la invasión del republicano Bush en 2001.

Ya sea llenando las fronteras de detectores anti-inmigrantes como postula Trump, o reforzando los bombardeos contra el ISIS en Irak y Siria, acentuando el espionaje interno sobre las minorías y regulando la venta de rifles como propone Clinton, las candidaturas de la dirigencia imperialista yanqui se postulan como firmes y confiables defensores de la hegemonía mundial de ese imperialismo y del “modo de vida americano”, garantizado en lo interno con un aparato estatal cada vez más fascistizado como se vio infinidad de veces en los últimos años en la facilidad del “gatillo fácil” policial contra los jóvenes hispanos y negros, y en lo externo con la aceleración de los preparativos diplomáticos, militares y estratégicos de Washington.

En el clima ideológico de insatisfacción y miedo con que se macera la conciencia de los norteamericanos, con las “amenazas” oscuras y difusas de la inmigración y el “terrorismo”, y con los llamados a revertir el relativo debilitamiento o retroceso del imperialismo yanqui en el mundo y volver a “hacer grande” a Estados Unidos, es fácil imaginar que se engendren, día a día, nuevos “asesinos múltiples”, adentro y afuera de EEUU…