Entrevistamos a Mónica Acosta, legisladora provincial electa y presidenta de la cooperativa metalúrgica Renacer.
–Va a ser una banca cargada de lucha…
–Han sido veinte largos años de un proceso de reconstrucción, donde nos antecedieron dos cierres intempestivos de fábrica, a fines de 1996 y el otro en el 2001. Donde elegimos la lucha dura, la vida sencilla. Y elegimos un instrumento para plantear la reactivación, en el marco de más de 200 fábricas recuperadas en aquellos momentos.

Luego se fortaleció nuestra ley de expropiación, los decretos nacionales al calor de una lucha enorme, con cientos de cortes de ruta, cientos de ocupaciones pacíficas, cientos de peticiones, cientos de veces que perdimos la vergüenza cuando teníamos que pedir alimentos en la puerta de los supermercados porque no teníamos para comer. Cuando no lográbamos visibilizar ni nuestra pobreza ni nuestra situación porque teníamos toda una adversidad en contra, como la Justicia, el poder político, los medios, las decisiones varias…
–En 20 años de la Cooperativa Renacer pasaron buenas y malas…
–Fue una lucha constante de no perder jamás el objetivo principal, de no ser comprados desde lo económico. Cuántas veces nos han dicho pónganle los ceros que quieran al cheque para que se manden a mudar… así y todo fuimos capaces de poner al servicio de los compañeros y compañeras de Renacer una línea que para nosotros fue la más justa. La que de alguna manera preservaba todas las ideologías. La única que fue capaz, en medio de toda esa adversidad, de ponerse al hombro un objetivo y trazarse un plan a muy largo plazo. Que contemplaba que los viejos, que se habían quedado sin trabajo, las personas con discapacidad, las personas que seguramente no tenían ninguna oportunidad en otro trabajo tuvieran encendida la llama de ese famoso argentinazo y hasta soñar que nos convertiríamos un poquito dueños de nuestro propio destino.
Fue así como logramos que el primer empleo de nuestros hijos fuera la cooperativa, que nos propusiéramos metas productivas, que no nos alejaran jamás del objetivo principal pese a que todo el tiempo nos sentíamos hasta forcejeados de tener que estar en la calle, acompañando diversas causas populares. En la medida que se pudo lo hicimos.
Jamás quisimos convertir a la cooperativa en un partido político, porque entendíamos que teníamos que demostrarnos a nosotros mismos que si era posible producir y dirigir semejante emprendimiento teníamos que desarrollarnos, capacitarnos y sobre todas las cosas mantener ciertos parámetros de competitividad. Pero no la del empresariado para poder negrear, explotar y pagar pésimos salarios. Sino la competitividad que hiciera posible que trabajaran tres generaciones juntas, que el centro sea el trabajador, que no sea un material de descarte que se tira a la basura cuando ya no sirve, está viejo o se rompe. Sino ese proyecto productivo capaz de pensar en las viviendas que necesitaban los que no tienen casa, que al calor de la producción nos planteáramos un bachillerato popular para terminar el secundario, y por sobre todas las cosas no creernos jamás lo que no somos: nunca creímos que nos íbamos a convertir en empresarios, ni en dueños de la propiedad privada. Porque sabemos cuáles son las reglas del mercado, y sabemos lo que significa sobrevivir cuando no hay políticas públicas que te amparen y te protejan.
–¿Por qué te presentaste como candidata?
–En el marco de todo esto creo que ganamos el respeto de mucha gente de nuestra sociedad, que nos visibilizó como gente que no solamente resistió la desindustrialización, sino que fue capaz de poner en valor una vieja fábrica y demostrar que a través de la solidaridad, de poner en el centro el comercio local, nos ganamos la simpatía de nuestra ciudad.
Creo que esto hizo también que empalmáramos también con el proyecto de Gustavo Melella muchísimos años después. Básicamente no es solo una gestión, sino que hay cosas que son muy sentidas que por ahí nos unen. No sabemos si en nuestro carácter de aliado, desde la Legislatura, vamos a poder ser ese instrumento capaz de expropiar a los terratenientes para poder generar políticas de agricultura familiar o propender a una soberanía alimentaria, pero nos vinculamos ahí porque era una de las formas más claras y evidentes de seguir peleando por la industria nacional.

–¿Qué desafíos se plantean en esta nueva etapa?
–No nos la tenemos que creer, porque es el terreno que menos manejamos y está lleno de predadores de todos los estirpes. Va que haber que manejar muy bien el arte de las contradicciones, pero nosotros siempre pegaditos abajo. Como será que estamos tan pegaditos abajo, que para el próximo ceremonial me dice el representante de protocolo de la Legislatura: “no se ofenda legisladora Acosta, pero le vamos a pedir que en esta oportunidad no vaya a querer venir a la jura con guardapolvo”. Bueno, imagínate, cosas como esas me pasan a diario. Porque me identifican con una causa, no es como en otros casos que son personajes construidos en un Facebook, o por portación de apellido, o llegan sin una historia o sin un trabajo territorial. A nosotros nos conocen desde que tenemos y tienen uso de razón. Saben que hay un correlato de cómo pensamos, cómo vivimos y cómo actuamos.
El desafío más importante de esta etapa es crecer, es no disiparnos en línea, es saber que del otro lado nos respetan tal cual nuestras ideas, que no quieren que nos convirtamos en afiliados de Forja, sino que nos necesitan como parte de una expresión que representa a la izquierda, a los trabajadores, a los industriales. Hay distintas expresiones de movimientos sociales en la isla que han luchado muchísimo, desde los barrios informales hasta los compañeros más precarizados de distintos trabajos. Eso nos enorgullece y nos atribuye doble responsabilidad para todo.










