el próximo presidente será Luis Lacalle Pou, después de ganarle al frenteamplista Daniel Martínez, por una diferencia mínima de 30.000 votos, el ballotage, ese sistema –que el propio Frente Amplio nunca cuestionó─ ideado por las clases dominantes para truchar los resultados electorales y robarle mediante alianzas de coyuntura el triunfo a cualquier candidato con tintes reformistas o populares.
Se cortó un período en el que la mayoría del pueblo uruguayo apoyó las promesas de reformas profundas de Tabaré Vázquez (2005-2010), José “Pepe” Mujica (2010-2015) y otra vez Vázquez (2015-2020).
La diferencia entre los dos candidatos venía grande pero terminó siendo chica, muy chica ─incluso desmintiendo los cálculos de las empresas encuestadoras─, probablemente por temor o asco a la ola de declaraciones por video y operativos (como un increíble “ataque” a una planta militar) que olían rancio a los tiempos de dictadura y que convencieron, a una parte de los indecisos o que antes pensaban castigar la inoperancia del Frente Amplio en cambiar las cosas, de que la cercana y trágica experiencia del macrismo en la Argentina era prueba suficiente del programa que traía Lacalle. Pero ya era tarde: una parte de las capas medias fue ganada por la prédica de la “inseguridad” y por el “orden”, y el atractivo del “centro-izquierda” frenteamplista no fue suficiente.
Lo que accede ahora a la presidencia es una alianza que incluye al Partido Nacional (de Lacalle), el Partido Colorado, a dos partidos minoritarios, y a Cabildo Abierto, una fuerza liderada por el general retirado Guido Manini Ríos, de creación reciente y de perfil militar-fascista, heredera y continuadora de la brutal dictadura que asoló al Uruguay durante 12 años (1973-1985), que ahora vuelve inflada vertiginosamente con apoyos internacionales y financieros desconocidos pero imaginablemente vinculados al Departamento de Estado norteamericano y obtuvo acceso al Parlamento. Aunque la dirigencia de la alianza nacional-colorada mostró cierta repugnancia por Manini Ríos, lo cierto es que el ex militar ya le marcó la cancha y le impondrá condiciones y medidas a Lacalle, que depende de él para tener mayoría en el Congreso.
Lo que probablemente llegue con Lacalle y semejantes aliados es uno más de tantos planes de ajuste, un programa antipopular y proimperialista (disminuir el déficit bajando el presupuesto de todo lo público ─educación, salud, obras─ y represivo ─con el pretexto de “combatir la inseguridad”─ similar al que los yanquis están tan apurados por imponer en toda América Latina, a través de gobiernos civiles o golpistas sanguinarios (Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia), especialmente después de los tropiezos electorales que sufrieron en partes sustanciales de la región como México con López Obrador (AMLO) y en la Argentina con Alberto y Cristina Fernández. Y vendrá un programa económico ultraliberal que pondrá el centro en beneficiar a los terratenientes exportadores con devaluación y a los grandes monopolios extranjeros (durante el último quinquenio de Vázquez se agrandaron los negocios chinos) y golpeará a los sectores populares, no sólo a los urbanos que votaron al Frente Amplio en Montevideo y Canelones sino también a las propias familias chacareras y obreras de los departamentos rurales del interior que votaron por la alianza triunfante.
El discurso del derrotado Daniel Martínez invocó la “unidad nacional” y sumó conciliación a sus anteriores conciliaciones, en línea con el Pepe Mujica que ya dijo que será oposición, pero “sin tirar piedras”. ¿Encabezará el Frente Amplio la lucha contra el ajuste? Se ve difícil. Y si con el ajuste vuelven a crecer la desocupación y la pobreza podría crecer una izquierda popular y combativa que hoy es débil, pero que por eso mismo podría permitir crecer a la derecha.
El Frente Amplio sigue siendo el principal partido del país en capacidad de organización y movilización. ¿Por qué entonces fue derrotado y perdió la mayoría en el Congreso y la Presidencia? ¿Se trata ─como teorizan algunos─ de un “desgaste natural” tras 15 años de gobierno? ¿Se trata de la necesidad de una “renovación de caras”, como la que se intentó con la candidatura de Martínez sucediendo a líderes históricos del FA como Mujica y Tabaré? ¿O el debate que queda pendiente debería incluir las insuficiencias de un programa que, en 15 años de soja, pasteras y respeto a “los dueños del Uruguay” ─como cantaba el uruguayo Viglietti─ fue incapaz de revertir el carácter atrasado y primario-dependiente del país?
Temas para pensar en una Sudamérica estremecida por las necesidades y rebeldías populares y por la bestial reacción imperialista y oligárquica para aplastarlas.










