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La Revolución de Febrero de 1917

Fue el antecedente inmediato de la Revolución de Octubre, la primera revolución socialista triunfante de la historia.

Alrededor de 1900, Rusia era una potencia imperialista gobernada por una monarquía sangrienta, corporizada en la figura del zar Nicolás II y sostenida por los terratenientes feudales y sectores de la burguesía aliada a éstos. Se venía desarrollando rápidamente el capitalismo sobre las bases de una sociedad donde había regido la servidumbre hasta menos de medio siglo antes. Rusia desarrollaba fuertes lazos con otras potencias como Francia e Inglaterra. Las condiciones de vida de obreros y campesinos eran paupérrimas y la represión era moneda corriente.

Desde fines del siglo XIX, al calor del crecimiento de las organizaciones obreras, se fue constituyendo el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). En su segundo Congreso de 1903 se inició una ruptura dentro del Partido entre un ala revolucionaria (bolchevique) y un ala oportunista (menchevique).

La Revolución de 1905

El 9 de enero de 1905, las tropas del zar dispararon a mansalva contra una enorme movilización de 200.000 obreros que reclamaba pacíficamente. La jornada, con más de 1000 muertos, pasó a la historia como el “domingo sangriento”. A partir de entonces, se desató una gigantesca movilización revolucionaria contra el zarismo que se prolongó durante meses, en los que se constituyeron incipientes soviets: consejos de delegados obreros, soldados y campesinos basados en asambleas.

Si bien el gobierno autocrático se vio forzado a otorgar ciertas concesiones, el movimiento terminó con una fuerte represión contra el pueblo y fue aplacado finalmente en 1907. Aun así, significó un antecedente muy importante para los sucesos de 1917.
Entre 1907 y 1912 Rusia vivió un período de fuerte reacción política. Los revolucionarios debieron pasar a la clandestinidad y muchos de ellos fueron forzados al exilio. Sin embargo, en esas duras condiciones el Partido Bolchevique no solo siguió trabajando en el seno de la clase obrera sino que fue cohesionándose políticamente y desarrolló una sólida organización clandestina que fue combinándose con la actividad legal. Así, cuando comenzó un nuevo período de ascenso de masas, lograron avances importantes: en agosto de 1913 por ejemplo ganaron de manos de los mencheviques el sindicato de los metalúrgicos, el más importante del país.

La Primera Guerra Mundial

En 1914 se desató la Primera Guerra Mundial, una guerra de rapiña entre las potencias imperialistas que enfrentó a Alemania y sus aliados de un lado, contra Francia, Inglaterra y Rusia del otro. La guerra significó una matanza inédita hasta entonces. Del lado ruso se contaban en 1917 alrededor de 7 millones de muertos y desaparecidos, la mayoría soldados de extracción campesina. Con la guerra crecieron el hambre y la desocupación. Desde fines de 1915 el movimiento obrero organizó fuertes huelgas.

La mayoría de los partidos obreros europeos –que recibían el nombre de socialdemócratas– decidieron apoyar a los gobiernos de sus países en la Guerra, es decir a “sus” burguesías imperialistas “en defensa de la patria”. Esa posición contradecía lo aprobado dos años antes en el Manifiesto de Basilea de la 2º Internacional e implicaba una traición abierta a la causa de la clase obrera. Por el contrario los bolcheviques rusos plantearon que era necesario “dar vuelta los fusiles” y aprovechar el conflicto para derrocar a la burguesía imperialista en cada país. Lenin propuso dejar de llamarse “socialdemócratas” y luego en 1918 se adoptaría el nombre de “Partido Comunista de Rusia (Bolchevique)”. En 1916 Lenin profundizó y sistematizó el estudio del imperialismo en su famosa obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”.

En ese contexto también se generó una creciente división dentro de las clases dominantes rusas. En la Duma (Parlamento) se organizó un bloque de diversos partidos encabezados por los kadetes que representaban a la burguesía. Este bloque atacaba al zar pero se autolimitaba por temor a las masas.

La Revolución de Febrero

Las huelgas obreras encontraron su punto más alto en enero y febrero de 1917. El 22 de febrero, multitudes agobiadas por el hambre se lanzaron a la calle. Las tropas de Petrogrado (casi 200.000 soldados) se acuartelaron y no respondieron a la orden de reprimir. Entonces, el zar se vio forzado a dar un paso al costado y se constituyó un gobierno provisional. Tras varios siglos de dominio autocrático se terminaba con la monarquía.

El gobierno provisional representaba los intereses de la burguesía imperialista y los terratenientes modernos asociados a ella. Se instauró un régimen democrático-burgués. El gobierno proclamó derechos, como la libertad de palabra y reunión, y generó en un inicio expectativas en el pueblo.

El gobierno intentó instaurar un nuevo consenso en reemplazo del antiguo pero un elemento limitaba esta pretensión: su afán por seguir con la guerra. En esta posición coincidían la gran burguesía asociada a los monopolios franceses e ingleses que buscaba sostener los tratados firmados por el zar y sectores reaccionarios que veían en la guerra un factor estabilizador de la situación interna. También partidos pequeño-burgueses, como los mencheviques y los socialistas revolucionarios, apoyaban la continuidad de la guerra desde el “defensismo revolucionario” (decían que con la revolución de febrero Rusia se había convertido en un país democrático y esa libertad debía ser defendida de los reaccionarios alemanes). Al continuar con la guerra, el gobierno tampoco podía acabar con el hambre y la desocupación que aquella generaba. En ese contexto, los bolcheviques lanzaron la consigna que recogía los deseos más sentidos del pueblo ruso: “Paz, pan y trabajo”.

Paralelamente, desde fines de febrero volvieron a conformarse los soviets de obreros y soldados y pronto se reconstituyeron soviets campesinos. Su forma de organización –con delegados de fábrica, de compañía de soldados y de campesinos– se basaba en la democracia directa, la revocabilidad de mandatos y la rendición de cuentas permanente. Los soviets representaban un nuevo tipo de institución, mil veces más democrática que el parlamento burgués, con un carácter de clase proletario, y se irían transformando en organismos de “doble poder”.

En sus célebres Tesis de Abril, Lenin caracterizaba la situación posterior a febrero de la siguiente manera: “la peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los campesinos pobres”. En este sentido, afirmaba categóricamente: “Ni el menor apoyo al gobierno provisional (…) Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de ‘exigir’ que deje de ser imperialista, cosa inadmisible y que no hace más que despertar ilusiones. (…)”. A la vez, Lenin partía de reconocer que en la mayoría de los soviets los bolcheviques todavía eran minoría frente a los mencheviques o los socialistas-revolucionarios, que de hecho apoyaban al gobierno provisional.

El enfoque leninista se fue abriendo paso en aguda lucha hasta lograr hegemonizar dentro del partido, en cuyo seno hasta entonces predominaba también la línea de “presionar” al gobierno provisional. Los bolcheviques lanzaron entonces la consigna “Todo el poder a los soviets”.

En abril justamente el gobierno provisional sufrió su primera crisis en torno a la continuidad de la guerra. Este episodio abrió paso a una serie muy acelerada de choques y conflictos, cuyo estudio requiere un análisis más detallado, en los que el gobierno provisional se fue desgastando y creció la influencia del Partido Bolchevique hasta desembocar algunos meses más tarde en la Revolución de Octubre.

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