«¡No son 30 pesos: son 30 años!». En esas pocas palabras, la gigantesca marcha del viernes 25-10 resumió las razones profundas por las que un millón de personas llenó la Alameda de Santiago y las calles de muchas otras ciudades de Chile. Con ollas, bocinazos y consignas se hizo oír el repudio masivo del pueblo chileno a las herencias antipopulares y antinacionales de la dictadura siniestra del pinochetismo (1973-1990), mantenidas durante los 30 años transcurridos desde su fin y hoy revividas en el toque de queda y en los tanques, secuestros, torturas y balazos con que el presidente Piñera convirtió a las fuerzas de «seguridad» en tropas de ocupación intentando aplastar la heroica pueblada.
“¡Chile despertó!”, coreaban los manifestantes. A Sebastián Piñera no le dio resultado la burda triquiñuela de cambiar de la noche a la mañana su declaración de «guerra» contra el pueblo por el rezo hipócrita inspirado en su amigo personal Mauricio Macri: «Todos hemos escuchado el mensaje. Todos hemos cambiado». Después de 30 años de pinochetismo desnudo o disfrazado, el mismo pueblo que hace apenas un año había vuelto a darle la mayoría en las presidenciales terminó calando su discurso mentiroso.
Pinochetismo y continuismo
La marcha, desafiando nuevamente el toque de queda y las tanquetas militares, coronó ocho días de una rebeldía nacida del rechazo al aumento de 30 pesos en el boleto del metro (subte), pero convertida luego en un volcán popular por el hartazgo de tres décadas de opresión y explotación de las mayorías en beneficio de ese puñado de oligarcas que el propio Piñera expresa (y que su mujer sinceró sin máscaras diciéndole a sus amigotes oligarcas «vamos a tener que ceder algo de nuestros privilegios y repartir un poco»…). Tres décadas de salarios y jubilaciones de hambre para negocio de bancos y corporaciones; de «reformas laborales» que liquidaron los derechos sindicales; de tarifas impagables de las empresas de servicios privatizadas; de deudas de las familias de los estudiantes de universidades y colegios también privatizados, a pagar durante 20 o 30 años; de medicamentos inalcanzables para los viejos, pero de drogas puestas al alcance de los jóvenes para corromper su futuro; de originarios mapuches ninguneados y baleados por reclamar sus tierras; y de carabineros en todas partes como advertencia y como garantía del «orden» impuesto por el pinochetismo y por el continuismo de los partidos, no sólo los conservadores sino también los democristianos y «socialistas» que integraron la Concertación que aceptó «suceder» a Pinochet a cambio de conservar la matriz primario-exportadora y opresiva que el dictador moldeó durante 17 años.
Hasta la monumental marcha del viernes la represión militar de Piñera había asesinado a casi veinte manifestantes, y causado cientos de heridos, detenidos y chicas violadas. La propia «marcha del millón» terminó con los consabidos provocadores parapoliciales, gases y corridas. No por nada se quemaron en las calles grandes máscaras del ministro del Interior Andrés Chadwick, el primo de Sebastián Piñera que además es vicepresidente de la República. Y no por nada se quemaron también ejemplares de la Constitución de 1980, marco y garantía aún vigente de la falsa democracia impuesta por el tirano Pinochet y por sus continuadores «constitucionales».
Lo que vendrá
La «marcha del millón» que ganó casi espontáneamente las calles contribuye, y mucho, a hacer de las políticas ultraliberales y de Piñera un cadáver político, y a desenmascarar el mito imperialista y oligárquico del supuesto «modelo chileno».
Un escalón superior en la lucha por una verdadera democracia sería que las fuerzas de avanzada integrantes de «Unidad Social», el nucleamiento que va unificando la lucha popular y que reúne a más de 70 organizaciones sociales y sindicales, logren conformar un gran polo de unidad de las mayorías del pueblo chileno para imponer la vasta democratización productiva y política capaz de no dejar piedra sobre piedra de las herencias del pinochetismo y romper las ataduras del atraso, la dependencia y la opresión del pueblo chileno por las potencias imperialistas y sus socios oligárquicos.










