Brasil: la pandemia Bolsonaro

Dos virus, a falta de uno, están arrasando trágicamente al pueblo brasileño. Uno es el coronavirus. El otro es el presidente Jair Bolsonaro. Cada día se hace más evidente que el más peligroso, tanto para la salud popular como para la economía del país, es Bolsonaro y su gobierno genocida.

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Estragos

El coronavirus aumenta en forma estremecedora su velocidad de contagio y su cosecha de muertes: al jueves 14 había ya más de 200.000 infectados, y llegaban a casi 14.000 los muertos (para el mismo día la Argentina había sumado 7.000 contagios y 340 muertes). En proporción a la población la Argentina contaba 7 muertes por millón de habitantes; Brasil 63, casi 10 veces más. 

En Brasil las grandes ciudades industriales como San Pablo y Río de Janeiro son el epicentro de la enfermedad, y Brasil es el epicentro de su expansión en América Latina. En otras regiones alejadas de esos centros, como Manaos en la región amazónica, aunque mucho menos pobladas, se muestra la misma evidencia trágica de hospitales y cementerios desbordados, filas de tumbas cavadas a campo abierto para enterrar la avalancha de fallecidos, y sistemas de salud al borde del colapso como consecuencia de décadas −no años− de desinversión.

Aunque oficialmente se oculta, la pandemia está haciendo estragos principalmente en las favelas y en los barrios urbanos de gran concentración poblacional (en Argentina el brusco aumento de los contagios en las villas de la CABA y la desidia o complicidad del gobierno de la Ciudad en la falta de agua hacen temer algo similar). Pero además en Brasil, la disgregación del movimiento campesino y el arraigo de la predica evangelista-bolsonarista torna probable que los contagios se extiendan masivamente también al interior.

Fosas comunes en el cementerio Nossa Senhora Aparecida, en Manaos, por el avance del coronavirus

La era de la boludez

Con el pretexto de priorizar el salvataje de la economía, Bolsonaro evidenció su desprecio al pueblo brasileño llamando a incumplir y violando personalmente todas las medidas de prevención recomendadas por los sanitaristas, empezando por la cuarentena. El resultado fueron hasta ahora cientos de cadáveres amontonados en camiones frigoríficos y enterrados en fosas comunes.

Ahora, mientras la cifra de infectados y de muertos sube con velocidad de vértigo, Bolsonaro decretó la reapertura de gimnasios, peluquerías y salones de belleza como “servicios esenciales”… Pero eso sí, sabiamente acaba de firmar, junto con su ministro de economía Paulo Guedes, un decreto infame de auto-amnistía que libera de acciones penales a los funcionarios −empezando por ellos dos− que cometan “errores” frente a la pandemia.

Oscilando en el vago límite entre la ignorancia, la estupidez y la criminalidad pro-empresarial, el ex milico convertido en presidente, que al principio dijo que el coronavirus es una “gripecita” que “a lo sumo” afectaría al 70% de la población (o sea a unos 200 millones de brasileños) Bolsonaro reveló finalmente que su estupidez es una opción consciente al servicio de sus verdaderos mandantes: el jueves 14, en teleconferencia con los jefes de los monopolios industriales paulistas agrupados en la FIESP, salió al cruce de los gobernadores opuestos a su línea haciéndolos responsables “por la pobreza y el desempleo”, y confesó sin vueltas, dirigiéndose a los capos empresariales: “Soy empleado de ustedes”. Es fácil imaginar que las propuestas que la FIESP tiene para el gobierno −es decir las órdenes a Bolsonaro− profundizarán aún más la crisis económica y sanitaria sobre los trabajadores y sectores populares.

Algunos políticos de su propia manada, como el ex ministro de Justicia Sérgio Moro −el perseguidor y golpista contra Lula y Dilma− y el mismo vicepresidente Hamilton Mourao, toman distancia para no quedar tan pegados al ascenso y sostenimiento de de ese peligroso monigote fascista.

Pero Bolsonaro, impertérrito, sigue declarándoles “la guerra” a los dirigentes y gobernadores que se le cruzan, acusándolos de llevar al Brasil a una pobreza como la del “África subsahariana”. Además de ignorar (o fingir ignorar) la responsabilidad que él mismo, y la clase empresarial a la que obedece, tienen en la dependencia y la miseria en que hunden al país y a millones de trabajadores urbanos y campesinos, su analfabetismo político le impide saber que precisamente del África subsahariana provinieron las masas de esclavos que las potencias colonialistas e imperialistas que él admira secuestraron y esclavizaron asolando y empobreciendo al continente africano, y que son el origen de la vasta población negra brasileña. 

En su torpe intento de ocultar su ignorancia y su prepotencia fascista, además, el capó del Brasil tomó distancia de las políticas oficiales de la Argentina que priorizan las prevenciones y la lucha contra la pandemia como condición básica de la recuperación sanitaria y económica y afirmó, muy suelto de lengua, que con las políticas de Alberto Fernández la Argentina “marcha camino al socialismo”. No se sabe si Bolsonaro tiene alguna idea de qué fue y qué es el socialismo, pero decididamente quiere hacerle sombra a aquél conocido álbum de Divididos: “La era de la boludez”…

Crisis política, interna y regional

De los dos virus, claramente el más peligroso es Bolsonaro. Con un gobierno interesado mínimamente en la salud del pueblo éste podría enfrentar la pandemia. Pero gobierna Bolsonaro. Es posible, como ya lo mostraron los cacerolazos en muchas ciudades, que una parte de la población ya lo está comprendiendo y esté preparándose para la lucha cuando las tremendas condiciones de la pandemia dejen un respiro. 

Lo comprenden los gobernantes de los 10 países sudamericanos que tienen fronteras con Brasil, y que temen que el desborde de la pandemia en el país más grande y más poblado de la región sea difícil de contener dentro de los límites brasileños. Perú y Colombia temen lo que pueda venir por el Amazonas, que los vincula con Manaos. En el otro extremo del país, hasta Mario Abdo Benítez, presidente de Paraguay y simpatizante de Bolsonaro, cerró sus fronteras con Brasil.

Y también lo comprenden sectores de las propias clases dominantes brasileñas y aún sectores directamente beneficiados por sus políticas privatizadoras, flexibilizadoras y represivas, pero que temen la reacción popular. A tal punto lo comprenden que no sería totalmente una sorpresa que se produzca un “corrimiento” definitivo y con fachada constitucional de su persona. O incluso un “tropezón” que los servicios puedan hacer “que parezca un accidente”.