La extraordinaria rebelión popular chilena se convirtió en la avanzada de un nuevo ciclo de luchas sociales contra las políticas hambreadoras, entreguistas y represivas que se han enseñoreado en la mayoría de la región en la última década de la mano de las grandes potencias y principalmente del imperialismo yanqui. Las elecciones presidenciales argentina y uruguaya del 27 de octubre −con el triunfo en primera vuelta del Frente de Todos en Argentina y el paso del Frente Amplio a balotaje en Uruguay− tuvieron lugar sobre un trasfondo marcado por las gigantescas movilizaciones populares de Chile y Ecuador, el triunfo de Evo Morales el 20 de octubre para un cuarto período en Bolivia, el temprano fracaso económico del fascista Bolsonaro y los renovados reclamos por “Lula livre!” en Brasil, la persistencia de la línea nacionalista y latinoamericanista de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México, las grandes movilizaciones populares contra el gobierno entreguista de Haití y los reiterados fracasos de la derecha en su intento de voltear a Maduro e imponer una dictadura proyanqui abierta en Venezuela.
Con estos procesos parece estar cerrándose el ciclo iniciado con los golpes abiertos o encubiertos en Honduras contra Manuel Zelaya en 2009 y en Paraguay contra Fernando Lugo en 2012, y con las victorias electorales desde 2015 de gobiernos amigos de Washington en Argentina (Macri), Colombia (Iván Duque), Perú con el ultraliberal Kuczynski (2016) destituido por corrupto y reemplazado por Vizcarra, en Chile (Piñera) y en Brasil (Bolsonaro) −además de la fantochada antidemocrática de Guaidó como marioneta de la Casa Blanca en Venezuela−, y con el lastimoso papel cloacal y servil de la OEA y de su capomafia Luis Almagro para meter o sostener por cualquier medio a los gobiernos neoliberales en la región.
Pero, al mismo tiempo, en todos esos procesos se reafirma que las oligarquías dominantes en la región −minoritarias pero poderosas y socias de distintos imperialismos− no fueron concluyentemente derrotadas, y que conservan palancas decisivas de poder económico, político e ideológico que seguirán jugando a fondo en resguardo de sus privilegios y para obstaculizar o impedir toda reforma de tinte popular o antiimperialista.
La rebelión de los que sobran
Chile era la “vidriera” de las políticas neoliberales promovidas por todos los imperialismos, desde Washington hasta Pekín. La prueba de su “éxito” eran los números macroeconómicos (el “crecimiento” anual) y su pretendida “estabilidad social”.
La rebelión popular primero rajó esa vidriera, y finalmente la hizo estallar en mil pedazos. La rajadura la provocó el movimiento juvenil y particularmente el de los estudiantes secundarios, que más de una vez hicieron temblar con extraordinarias movilizaciones al anterior de gobierno de Sebastián Piñera (2010-2014) y al de la “socialista” Michelle Bachelet (2014-2018), dando a conocer al mundo su rechazo a la mercantilización de la educación privatizada desde el pinochetismo −incluso la educación pública−, que obliga a los estudiantes de las capas medias a endeudarse eternamente para poder estudiar, y que cierra con candado las escuelas y las universidades a los hijos de los sectores populares. Por eso en la “marcha del millón” se cantó y bailó multitudinariamente la mítica “Canción de los que sobran” del grupo chileno Los Prisioneros, inspirada en aquellos reclamos:
Nos dijeron cuando chicos:
jueguen a estudiar,
los hombres son hermanos
y juntos deben trabajar.
Oías los consejos
Los ojos en el profesor.
Había tanto sol
sobre las cabezas…
Y no fue tan verdad,
porque esos juegos al final
Terminaron para otros
con laureles y futuro
Y dejaron a mis amigos
pateando piedras…
Ahora el inmenso poder empresarial que son los medios de comunicación fue conmocionado y sorprendido por la vastedad con que el movimiento se extendió en apenas unos días. Dicen que “no lo vieron venir”. Pero durante 30 años difundieron dentro y fuera de Chile esa imagen de “escaparate” del éxito, ocultando que el éxito de las cuatro grandes “familias” de burgueses chilenos, socios o abrepuertas de los capitales extranjeros, se asentaba en la explotación y la desesperanza de las mayorías que ellos ayudaron a sostener y justificar, en salarios y jubilaciones de hambre, en la liquidación masiva de antiguas conquistas sociales, y en la represión brutal que se evidenció en estos días.
Ahora, como una tácita voz de orden esparcida vertiginosamente por las redes sociales, la lucha sacó como una tromba a millones de jóvenes de sus casas, escuelas, universidades y trabajos y los volcó a las calles. Y en las calles nació en cuestión de horas una nueva generación de dirigentes que pasan en limpio la lección de tres décadas y empiezan a entender que no se trata de una cuestión de “modelos” sino de sistemas, y que éste en el que se abroquelan las clases dominantes chilenas −y latinoamericanas− requiere cambios profundos, estructurales. Y que la lucha, la calle y la “marcha del millón” plantea necesidades que van más allá de las elecciones amañadas a las que en Chile vienen siendo reducidas las democracias.
Piñera quedó incinerado políticamente por la gigantesca rebelión social y, aunque juega sus cartas al recambio de gabinete y a unos cambios cosméticos de política económica y promesas a futuro que espera que enfríen el clima social y le permitan responsabilizar de la rebelión a un grupo minoritario de “anarquistas” (o “alienígenas”, como dijo su esposa), lo cierto es que se enfrenta a un movimiento que tiene reclamos profundos y programáticos, y que si encuentra una dirección revolucionaria capaz de enraizar en las masas obreras y campesinas y en esas capas medias sublevadas puede llegar a plantear cambios estructurales o de “sistema”.
El volcán vuelve a activarse
En Ecuador los movimientos sociales y especialmente la Confederación de Nacionalidades Indígenas (CONAIE) mantuvieron 12 días de protestas con marchas, cortes de ruta y barricadas en todo el país contra el aumentazo a la nafta que descerrajó el presidente “panqueque” Lenin Moreno sobre las espaldas del pueblo para garantizarle al FMI el pago de la deuda que él mismo contrajo. Las protestas se detuvieron tras la suspensión del decreto que retrotrajo los subsidios a los combustibles, y un acuerdo de diálogo de la dirigencia de la Conaie con el Gobierno. Un “diálogo” que la propia Conaie suspendió apenas dos días después por la persecución oficial al dirigente Jaime Vargas a quien el gobierno trata de judicializar acusándolo de querer formar “un ejército propio”, aunque Vargas apenas mencionó la cuestión de la “guardia indígena” que la propia Constitución ecuatoriana les reconoce.
En Bolivia Evo Morales ganó sobradamente la elección presidencial del 20-10 con más del 10% de diferencia necesario sobre Carlos Mesa para obtener el triunfo en la primera vuelta. Pero la oposición oligárquica −con el respaldo de la OEA, la embajada norteamericana y la Unión Europea− aprovechó las tradicionales demoras causadas en el escrutinio por la cantidad de votantes en zonas rurales de difícil acceso, y de los residentes bolivianos de distintos lugares del mundo, para gritonear “¡fraude!”, montar ataques de grupos armados contra locales electorales y del MAS de Evo y jugarse la posibilidad de truchar la rotunda diferencia de votos del comicio forzando un balotaje y unificando a la oposición detrás de Mesa. Un reclamo tan burdo que la OEA, que en ningún momento habló de fraude e incluso reconoció el holgado triunfo de Evo, por medio de su impresentable secretario general Luis Almagro llegó a decir que “para despejar las dudas” era “conveniente” hacer de todos modos una “segunda vuelta” (sin siquiera mencionar su inconstitucionalidad, ni la violación de la soberanía boliviana que eso implicaría). Evo ofreció allanarse a una fiscalización “voto por voto” de la OEA, y al mismo tiempo advirtió que movilizaría a las masas campesinas en resguardo de la amplia mayoría electoral obtenida en la elección.
En Argentina y Uruguay, con muy distintos escenarios, los partidos y agrupamientos abiertamente proimperialistas también jugaron todos los medios que controlan para meter la idea de que “Sí, se puede” impedir que triunfen los candidatos del Frente de Todos y del Frente Amplio y forzar o crear las condiciones para el balotaje, ese mecanismo inventado para cambiar −este sí en forma fraudulenta− la voluntad popular e imponer a un candidato distinto del que resultó más votado en la elección. En la Argentina el FdeT logró imponer a Alberto Fernández y Cristina F. de Kirchner sobre el macrismo en forma contundente en primera vuelta con un 48%, pero la derecha logró nuclear a un significativo 40% detrás de Macri. En el Uruguay el FA logró con el 29% el primer lugar para Daniel Martínez, pero con serias posibilidades de que los partidos tradicionales −Nacional y Colorado−, con el apoyo de Cabildo Abierto con un candidato militar heredero de la dictadura, se unan tras Luis Lacalle (Nacional) para robarle la presidencia al FA.
Las embajadas yanquis en nuestros países trabajan a contrarreloj para que no se acentúe aún más su retroceso, a manos de los movimientos populares nuevamente en ascenso, o de fuerzas amigas de sus rivales chinos o rusos.
Gracias a las rebeliones de los pueblos ecuatoriano, haitiano, boliviano y chileno, y también a las amplias unidades populares que condujeron a los difíciles triunfos electorales de Uruguay y Argentina (sumados al gobierno de AMLO en México), se abre un nuevo ciclo en que los pueblos latinoamericanos volverán a la carga en su prolongada lucha por cambios revolucionarios en camino a su liberación nacional y social.










