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A 100 años de la Revolución Socialista Rusa

Los comunistas revolucionarios conmemoramos los 100 años de la primera revolución socialista de la historia, la gran Revolución de Octubre, no con mero ánimo de recordación “histórica”, con nostalgia de algo que fue pero no podrá volver a repetirse. Lo hacemos con “optimismo histórico”, no “utópico”, con los fundamentos que señalamos en nuestro Programa, manteniendo firmemente la vigencia de la teoría revolucionaria marxista-leninista-maoísta. Lo hacemos planteando la necesidad del estudio de esa gran Revolución, para extraer de ella los principios de verdad universal que reveló y confirmó, como señalaron Lenin y Mao Tsetung (independientemente de que en su caso fuera en un país imperialista), y que aportó al desarrollo de la teoría revolucionaria marxista. Para sacar enseñanzas también de sus errores, que fueron lo secundario. Y de las causas de su derrota.

Lo hacemos con el objetivo de reflexionar sobre aquellas enseñanzas válidas para todas las revoluciones –independientemente de las particularidades históricas, propias, únicas, que cada una posee– en relación a la terrible realidad mundial y nacional que viven la clase obrera mundial y los pueblos oprimidos, bajo el yugo de la dominación de las potencias imperialistas; y de sus socios locales, en el caso de nuestros países oprimidos por el imperialismo.

Y lo hacemos para reivindicar la única salida posible a tanta podredumbre, opresión, desesperación de la clase obrera y las masas trabajadoras del mundo, sobre la que cabalgan todos los opresores para hacer creer que no hay otro mundo posible, para encubrir y confundir profundamente sobre las causas de fondo de esa situación, para inculcar el escepticismo y la “adaptación” al descenso a los infiernos al que nos llevan crecientemente. Acumular fuerzas para ese camino, sin lo cual no llegará nunca a triunfar, implica nuestro deber histórico, partiendo de la lucha de masas por sus reivindicaciones inmediatas, económicas y políticas, de esclarecer y debatir sobre sus causas, posibilitando así encontrar el camino liberador.

Al conmemorar esta gran revolución, repudiamos también, con odio de clase, aquellos “festejos” que realizan cínicamente los imperialistas que dominan en la patria de Lenin, y que como Putin añoran el período del socialimperialismo (socialismo de palabra, imperialismo en los hechos), del socialchovinismo expansionista que se extendió por el mundo a partir de la restauración capitalista en la URSS (1957), hasta llegar a ser una de las dos superpotencias imperialistas que se disputaban el mundo, hasta su colapso en diciembre de 1991. Y quieren restaurar Rusia como una de las más poderosas potencias mundiales.

El partido revolucionario del proletariado

La Revolución Rusa no habría sido posible sin el papel fundamental jugado por el partido revolucionario marxista del proletariado a lo largo de la misma. Partido fundado a fines del siglo XIX en medio del gran ascenso de las luchas obreras, y que en 1902, en el Qué Hacer, Lenin analizó sus fundamentos teóricos y sus características de partido de nuevo tipo, válidas para todos los partidos marxistas; independientemente de aquellas características, como él mismo señalaría después, propias de un partido que sufría la más sangrienta represión del zarismo. En un período en que el oportunismo en el movimiento obrero se manifestaba como economismo o sindicalismo, ampliamente mayoritario en el mismo, contra los cuales combatió y esclareció Lenin, luchando los bolcheviques en medio de incontables dificultades.

La Revolución de 1905

Tampoco sin la Revolución de 1905, y sus enseñanzas, en las que los bolcheviques participaron activamente, fundamentando Lenin en Dos Tácticas por qué la revolución democrático-burguesa en ese país contra el zarismo ya no podía ser dirigida por la burguesía, que había perdido por completo todo carácter revolucionario progresista antifeudal, y debía ser dirigida por el proletariado; como etapa necesaria previa para el desarrollo posterior de la lucha por la revolución socialista. Sin la Revolución de 1905 y la experiencia acumulada por las masas combatientes y por el partido proletario, entre ella la de la lucha armada, sin el carácter de clase nítido de los partidos rusos que ella reveló, diría Lenin, no habrían sido posibles las revoluciones de Febrero y de Octubre de 1917.

La derrota de esta revolución en 1907 significó un duro golpe para los bolcheviques, una persecución feroz, teniendo Lenin, que ya había sufrido cárcel y deportación en Siberia, que emigrar a otros países de Europa donde continuó su labor revolucionaria –al igual que muchos otros bolcheviques y perseguidos por el zarismo– publicando el periódico clandestino del partido, que con grandes sacrificios lograban hacer entrar en Rusia. Período particularmente duro, de lucha contra los “liquidacionistas”, fuerte corriente oportunista desarrollada en el seno de los partidos socialistas luego de la derrota, que planteaba la eliminación del partido revolucionario clandestino, la organización solamente legal para la lucha por reformas (no la combinación por el partido revolucionario del trabajo legal y clandestino), y que paso a repudiar la Revolución de 1905, caracterizándola como una “aventura irresponsable”, “la revolución es imposible”, etc., etc.

Luego de infructuosas tentativas de unirse de diversas formas con todos los que decían querer luchar contra el “liquidacionismo”, en enero de 1912 el partido bolchevique se reorganizó, lo que le permitió llevar a fondo su línea revolucionaria independiente de masas, crecer, dirigir grandes huelgas y manifestaciones, hasta el estallido de la guerra imperialista de 1914, contra la que lucharon sufriendo deportaciones en masa, cárcel, destierro, debilitándolo, mientras muchos oportunistas transformados en socialchovinistas, y sobre todo en “centristas”, se fortalecían.

La guerra imperialista de 1914

El estallido de la guerra imperialista y la posición del partido bolchevique ante la misma, adquiere una importancia de significación universal. En 1912, la II Internacional, en la que participaba el partido bolchevique, en un Congreso aprobó unánimemente el Manifiesto de Basilea, que planteaba claramente que, en caso de no poder impedirse la guerra imperialista que se preparaba a ojos vista, y ante la crisis profunda que se desarrollaría tarde o temprano por los sufrimientos de la guerra, el camino para terminar con la guerra imperialista era que en todos los países se diera vuelta el fusil y se convirtiera la guerra imperialista, y sus terribles matanzas fratricidas, en guerra civil, en una guerra justa que derrocara las burguesías imperialistas por los obreros y las masas populares en cada país. Única manera de terminar con las guerras que llevaban a cabo las potencias imperialistas por un nuevo reparto del mundo, de las colonias, de los países dependientes, de las zonas de influencia, es decir de todos los países oprimidos o débiles. En una palabra, por el reparto del botín a sangre y fuego.

La guerra estalló en agosto de 1914 entre dos coaliciones imperialistas, encabezada una por la potencia más fuerte de la misma, Inglaterra, en alianza con Rusia, Francia, y otras potencias menores; y la otra por Alemania, la más poderosa, en alianza con Austria y otros países. Las direcciones de todos los partidos firmantes –menos el bolchevique–, demostrando que su firma no valía nada, y que ya el oportunismo venia avanzando fuertemente en los mismos, se pasaron al bando de su burguesía imperialista, de dos modos fundamentales: el oportunismo degeneró en socialchovinismo, apoyando abiertamente la guerra y planteando “la defensa de la patria agredida”, participando en los comités de guerra, aprobando los empréstitos de guerra, etc., etc.; o menos abiertamente, y con variantes, en los “centristas”, que oscilaban, y que con diversos argumentos vergonzosos no denunciaban la guerra imperialista, eran “pacifistas”, pero guay de plantear lo decidido en el Manifiesto de Basilea que habían firmado. Por ejemplo Kautski, uno de los más conocidos dirigentes del partido alemán, y prototipo del “centrismo” o “pantano”, como también los llamaba Lenin, entre sus argumentos decía que no podía “separarse de las masas”, y vergonzosos argumentos por el estilo, que dejaban inermes a las masas en la matanza; al tiempo que como denuncio Lenin, al llevarse a cabo en 1915 en Berlín una gran manifestación de masas contra la guerra, con más de 10.000 participantes, Kautski la caracterizó como “una aventura”.

El imperialismo y la escisión en tres tendencias del movimiento obrero

El partido bolchevique defendió la línea del Manifiesto de Basilea y Lenin analizó y marcó a fuego a los socialchauvinistas proimperialistas abiertos, y a los “centristas”, en La bancarrota de la II Internacional (junio de 1915). Definiendo allí con más precisión la “crisis revolucionaria”, desarrolló el análisis de lo que definió como “situación revolucionaria. Sus condiciones objetivas, imposibles de provocar, y la condición “subjetiva” la existencia de un fuerte partido revolucionario del proletariado y de fuertes organizaciones en gran medida dirigidas por él, y eso sí es decisivo y posible desarrollarlo antes, que condujeran la situación revolucionaria a la revolución triunfante, condición sin la cual sería imposible triunfar.

Como se ve claramente en la táctica de Lenin al frente del partido bolchevique, una cuestión clave es la de la necesaria separación política, ideológica y organizativa entre el partido revolucionario por un lado y las dos tendencias originadas por el oportunismo por el otro, siendo notorio que los “centristas” no querían romper con los socialchovinistas y planteaban la unidad de todos, ¡después de la guerra! Lenin analiza pormenorizadamente en muchos trabajos por qué se realiza necesariamente en el movimiento obrero mundial la escisión en tres tendencias en la época del imperialismo, llamando a los integrantes de la tendencia chauvinista “lugartenientes de los monopolios en el movimiento obrero”.

En los demás partidos traidores, hubo corrientes revolucionarias que se separaron y formaron partidos, en algunos casos, como en Alemania “La Liga de los Espartaquistas”, dirigida por Carlos Liebknecht, comunista que denunció la guerra en el Parlamento, donde era diputado desde 1912. Cuando fue a una manifestación de masas contra la guerra en 1916, fue detenido y encarcelado hasta 1918, cuando una revolución derrocó al emperador Guillermo II. Junto a Rosa Luxemburgo y otros revolucionarios, dirigieron la revolución 1919 contra el gobierno del socialimperialista Ebert. Reprimida por el ejército alemán, reforzado con elementos monárquicos, fue derrotada. Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo fueron detenidos, asesinados a golpes y arrojados al río.

En todos los partidos se desarrollaban estas corrientes, que tenían en los bolcheviques una fuerza que trataba de agruparlos, realizando reuniones y Congresos, donde también participaron los “pacifistas” (como algunos integrantes de la corriente “centrista”), que se manifestaban por la paz, contra la guerra, junto a los Internacionalistas. Estos mantenían la posición de convertir la guerra imperialista en guerra civil en cada uno de los países para terminar con la guerra imperialista; así sí, con una “paz democrática y justa”, sin reparto del botín, sin anexiones, sin colonias. Y delimitaron cuidadosamente sus posiciones independientes en el Congreso de Zimmerwald de 1915, leyendo el documento de Lenin El socialismo y la guerra. En contraposición a los que en definitiva no le hacían asco a una “paz democrática” arreglada por las potencias imperialistas; con fabulosas ganancias ya obtenidas con la misma. Lo que, denunciaba Lenin, no sería más que una “paz imperialista”, con el botín repartido, que continuaría la guerra imperialista.

“El imperialismo, fase superior del capitalismo”

En agosto de 1916 Lenin termina de escribir su obra clave El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde analiza su base económica, que sintetiza en cinco rasgos fundamentales, de los que el primero y principal es la formación de monopolios, ya analizado como tendencia irreversible del capitalismo de libre competencia por Marx, en el primer tomo de El Capital, en 1967.

Lenin analiza las características de esta fase, ya madura a inicios de 1900, a la que define como la fase de descomposición histórica del capitalismo, de su putrefacción y parasitismo, mirado históricamente, y que podemos comprobar cómo se desarrolla en el presente. Esta fase, dirá y fundamentará Lenin, abre una nueva época revolucionaria en la historia de la humanidad, la “época del imperialismo y la revolución proletaria”. En la que esboza, y luego desarrolla Mao, que las revoluciones de liberación nacional pasan en esta época a ser parte de la revolución proletaria mundial, y no ya de la revolución burguesa, como en el pasado anterior a la misma. Se ha abierto, señala, la era de las guerras y revoluciones, de contrarrevoluciones, de nuevas guerras y nuevas revoluciones; una época muy prolongada, en la lucha por la liquidación de la explotación del hombre por el hombre. La Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre ratificaron plenamente que esa era había nacido.

Una cuestión fundamental que señala Lenin, y que lo guía claramente en sus análisis de clase y la política que les corresponde, como se ve claramente en su línea política previa y posterior a la revolución de Febrero, en la lucha hacia la Revolución Socialista de Octubre, es que no se puede escindir la base económica del imperialismo de la política del imperialismo.

Y ubica como principal tendencia peligrosa, por su capacidad de engaño, a la de Kautski, desarrollada en todo el mundo en diversas variantes, que la señala como la política preferida del imperialismo, pero que no lo es necesariamente. Es decir, que puede haber imperialismo, monopolios, sin política propia del imperialismo y los monopolios. Y analiza allí también las tres tendencias en que se divide necesariamente el movimiento obrero, el desarrollo de la “aristocracia obrera” y su explicación en las superganancias de los monopolios. Y por qué luchar contra estas dos tendencias es tarea fundamental de los comunistas para luchar en serio contra el imperialismo. Estas tres tendencias las vamos a ver muy claramente en sus análisis de este período.

Lenin estudia, analiza, esclarece permanentemente sobre todas estas cuestiones, habiendo permanecido en Suiza los últimos años, donde publicaba el periódico clandestino que los bolcheviques con grandes esfuerzos hacían penetrar en la Rusia zarista. Y en relación a la guerra, va señalando en detalle qué se repartía cada potencia de cada coalición, que se había arrebatado ya, o que botín quería para sí. En el período anterior a la Revolución de Febrero se pueden seguir sus análisis sobre un “viraje” en la política internacional, ya a inicios de noviembre de 1916, en que no sólo analiza las contradicciones entre ambos bandos imperialistas, su desarrollo, sino también las contradicciones existentes en el seno de cada coalición. Y los rumores que se desarrollaban en diversos medios de Europa sobre la posibilidad de una negociación por separado entre Alemania y Rusia –particularmente desangrada por la guerra–, donde cundía el hambre, los soldados sufrían además frío en las trincheras por falta de ropa, no había municiones, etc. E incluso se desarrollaba el derrotismo por parte de muchos mandos germanófilos.

El imperialismo y la Revolución de Febrero

En estas condiciones de ebullición, de indignación, de hambre generalizado en el pueblo, de odio renovado contra el zarismo, de soldados que fusilaban a sus mandos, de rebelión generalizada, es que estalla en Rusia la Revolución de Febrero que derroca al zar (luego de la Revolución de Octubre se pasó al calendario generalizado. Por lo que en ambas revoluciones vamos a encontrar las dos fechas, entre las que existían 13 días de diferencia).

Aun desinformado parcialmente de los sucesos que día a día iban desarrollándose, Lenin desentraña lo sucedido esencialmente en la Revolución de Febrero, en su primera Carta desde Lejos, escrita en Suiza el 7 de marzo de 1917. Y cada vez más informado va planteando en borrador lo que entiende debe ser la táctica de los bolcheviques ante la situación. Emprende con su esposa Nadiezna Krupskaia, junto con otros emigrados de diversos partidos, el regreso a Rusia. Viaje que provocará falacias y provocaciones sobre la verdadera situación en que fue realizado, y acusaciones infames por parte de la burguesía, también tomadas por otras fuerzas, como “agente alemán”.

Esta introducción sólo pretende ubicar, muy sucintamente, la historia de la línea revolucionaria proletaria impulsada en primerísimo lugar por Lenin. Línea que se mantuvo en difíciles situaciones, en dura lucha con partidos y corrientes oportunistas del movimiento obrero, y también en la lucha de líneas interna en el partido, y que llevó al triunfo de la Revolución de Octubre.

Cuando llega Lenin, su posición es minoritaria en el partido, que a su vez es minoritario en la inmensa mayoría de los soviets. En el más importante, el de Petrogrado, la capital, sobre alrededor de 1.000 delegados o “diputados”, unos 100 son bolcheviques. Se polemiza fuertemente sobre la situación, ganando la posición impulsada por Lenin tanto en la Conferencia de Petrogrado, en la de Moscú, y en la Conferencia del partido de toda Rusia, todas realizadas en abril. La consigna “Todo el poder a los soviets” pasa a ser la consigna bolchevique.

Hemos visto de publicar varios trabajos en los siguientes números, o anexados a los mismos como separata. En éste publicamos tres artículos de Lenin de singular claridad: Tareas del proletariado en la actual revolución (Tesis de Abril), Acerca de la dualidad de poder, que publica a poco de llegar en el Pravda, donde analiza las particularidades de la situación, hace un análisis pormenorizado de clase, y desarrolla claramente su línea proletaria revolucionaria de la necesidad de continuar la revolución, y cómo entiende que la situación exige hacerlo. También de Cartas sobre táctica, la primera, “Apreciación del momento”, que continúa el mismo análisis.

Publicaremos en el próximo una reseña de Nadiezna Krupskaia, esposa de Lenin, dirigente revolucionaria bolchevique y protagonista directa de los acontecimientos de la Insurrección: Los días de Octubre, que termina con la conformación del gobierno soviético por parte del II Congreso de los Soviets de toda Rusia, con Lenin elegido como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo.

En el siguiente publicaremos una reseña, un análisis de cómo la línea revolucionaria impulsada por Lenin, de minoría pasó a mayoría, logró que los bolcheviques ganaran a la mayoría del proletariado, de los soldados y de las masas trabajadores, que llevaron a cabo la Insurrección y el triunfo de la Revolución de Octubre. De cómo fueron enfocados y enfrentados los hechos cambiantes que se sucedían en la relación entre el Gobierno provisional de la burguesía imperialista y los Soviets, particularmente en Petrogrado, que como Moscú y otras ciudades, tenían un fuerte componente proletario. Y, brevemente, también, algunos de los acontecimientos de la guerra civil que estalló poco después de tomado el poder, y que logró ser derrotada tras los combates en las más importantes de las ciudades de Rusia. Por último, publicaremos los decretos “Sobre la paz” y “Sobre la tierra”, que lee Lenin la noche del 26 de octubre (8 de noviembre), y son aprobados en el II Congreso de los Soviets de toda Rusia.

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