Rubén Laufer (Octubre 2005)
El 17 de octubre de 1945 a media mañana, nutridas columnas obreras provenientes de Avellaneda, Lanús y Berisso marchaban hacia Plaza de Mayo cruzando por cualquier medio posible el Riachuelo. A ellas se sumaban los trabajadores de las fábricas de la Boca, Barracas, Patricios y de barrios populares del oeste. Su reclamo era la libertad del coronel Perón, secretario de Trabajo y Previsión y vicepresidente del gobierno militar surgido del golpe de junio de 1943, detenido una semana antes a instancias de la comandancia de la Marina.
El 19 de setiembre de 1945, los dirigentes de los partidos Radical, Conservador, Socialista, Demócrata Progresista y Comunista, todos bajo el auspicio de la embajada norteamericana, la Sociedad Rural, la Unión Industrial y los grandes diarios, habían realizado la «Marcha de la Constitución y la Libertad» reclamando la destitución de Perón y el paso del poder a la Corte Suprema. Entre los trabajadores se afirmó la conciencia de que la ofensiva contra Perón, y luego su arresto, abrirían paso a la instalación de un gobierno de los «galeritas» de la oligarquía, y con ello a la pérdida de las conquistas salariales, el aguinaldo y otras como la jubilación, los convenios colectivos de trabajo, las vacaciones pagas, la rebaja y congelación de los alquileres y arrendamientos, el Estatuto del Peón.
Presionada por la enorme agitación de las bases obreras y los dirigentes intermedios, el 16 de octubre la CGT declaró el paro general para el día 18, en defensa de las conquistas sociales y por la libertad de Perón. Lo decidió en medio de una intensa polémica: parte importante de los dirigentes sindicales -como el laborista Cipriano Reyes, en el gremio de los obreros de la carne-ya se habían vinculado estrechamente con la Secretaría de Trabajo y con el coronel, y con ese apoyo habían avanzado en desplazar a dirigentes opuestos a Perón -como el comunista José Peter, en el mismo gremio-. Del otro lado los dirigentes enrolados en los partidos Comunista y Socialista que, identificando a Perón con el nazismo, coincidían con la embajada norteamericana y con las fuerzas oligárquicas en reclamar la destitución del coronel.
Las masas no esperan
Pero el accionar de los activistas de los días previos y la efervescencia existente hicieron que la huelga y la puesta en movimiento de las masas proletarias se iniciara el 17 a primera hora. Una cantidad de sindicatos -en el Gran Buenos Aires, en Rosario, en Tucumán-había declarado por su cuenta la huelga general.
Columnas de trabajadores de Berisso y de Ensenada marcharon juntas a La Plata. Piquetes de obreros peronistas paralizaron los tranvías, apedreando el Jockey Club y la representación del diario oligárquico La Prensa. La huelga se generalizó. Desde La Plata, nutridos contingentes viajaron a Buenos Aires, juntándose en el acceso con los del frigorífico Anglo de Avellaneda. En los ferrocarriles el paro era casi total. A pie siguieron movilizándose hacia Plaza de Mayo, al igual que los trabajadores de las barriadas populares de la Capital.
La masividad de la movilización paralizó a la policía. Tampoco intervino el Ejército, un importante sector del cual apoyaba el proyecto industrialista que Perón había impulsado desde el Consejo Nacional de Posguerra, y aprobaba el proceso de sindicalización subordinada al Estado que Perón promovía desde la Secretaría de Trabajo, considerándolo una valla contra la expansión de la influencia de los comunistas entre los obreros.
La fractura militar
Fue el miedo al desborde popular lo que desmontó los intentos de resistencia de los sectores militares opuestos a Perón. La policía y las Fuerzas Armadas literalmente se partieron. La «pueblada» en marcha alentó a los militares de la corriente nacionalista. Los coroneles Velazco y Molina coparon el Departamento Central de Policía y otros oficiales peronistas tomaron el Regimiento 3 de Infantería. El almirante Vernengo Lima intentó sublevar a la Marina para desatar la represión, pero se vio aislado políticamente, mientras era neutralizado y se rendía el sector intermedio, representado por el jefe del Ejército, general Avalos, y por la guarnición de Campo de Mayo.
Entrada ya la noche, el coronel Perón debió ser liberado y presentado en los balcones de la Rosada, y el presidente Farrel anunció la aceptación de los reclamos.
El 17 de Octubre no solo abrió paso al triunfo del proyecto nacionalista y reformista-burgués de un sector militar, que encarnaba el peronismo. También reafirmó el camino de las «puebladas», el de la Revolución de Mayo de 1810 y el de las insurrecciones radicales de 1890 y los años siguientes. Camino reiniciado con el Cordobazo de mayo de 1969 y, ahora, con el Argentinazo del 19 y 20 de diciembre de 2001.
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Cómo era la Argentina
El crecimiento industrial del país durante los años ’30 había acelerado la formación de una extensa burguesía de medianos y pequeños industriales, que se reflejó en las aspiraciones políticas de sectores nacionalistas del Ejército. La clase obrera -acrecentada con el aporte de cientos de miles de obreros rurales y campesinos pobres provenientes de las zonas más atrasadas y oprimidas de la Argentina y de países vecinos-se incorporaba a las fábricas trayendo experiencia de hambre, trabajo de sol a sol y prepotencia de patrones y capataces, y crecía en organización y fuerza.
Perón, lúcido integrante del grupo de oficiales que protagonizó el golpe de 1943, trazó la línea de canalizar políticamente a las masas proletarias en ascenso como vía para lograr la fuerza necesaria para la hegemonía de la burguesía industrial. El otorgamiento de las mejoras sociales se inscribió en su objetivo de ganar influencia sobre esas masas y estructurar un movimiento sindical fuerte basado en la colaboración de clases y subordinado al Estado, ampliando a la vez el mercado interno para la producción industrial que crecía.
Los sectores oligárquicos subordinados al imperialismo temieron y combatieron esa perspectiva con todas sus armas. Pero la “pueblada” del 17 de octubre dio un brusco giro a la situación. Todas las fuerzas políticas y sociales debieron tomar nota de la irrupción de las masas obreras y populares en la escena política.
Una intensa campaña de desprestigio se lanzó contra Perón desde la embajada yanqui -a través del propio embajador Spruille Braden, convertido en cabeza de la oposición-y desde reductos oligárquicos como la Sociedad Rural y el diario La Prensa. Durante los cuatro meses que mediaron hasta las elecciones presidenciales de febrero de 1946 la política del país estuvo marcada por la decisiva divisoria de aguas con que los que ya se decían “peronistas” llenaron las paredes: “Braden o Perón”.
En las elecciones del 24 de febrero, la Unión Democrática recogió el voto de una parte menor de los trabajadores, de parte importante de las capas medias, de sectores burgueses afines al capital extranjero y de la mayor parte de la oligarquía.
La línea de la dirección del PC -que en la Unión Democrática se unió a los imperialistas y a los terratenientes, enemigos históricos del pueblo y de la nación-dejó a la clase obrera sin una dirección independiente que le permitiese acaudillar a los demás sectores oprimidos por las clases dominantes desde una perspectiva clasista y revolucionaria.
Así el peronismo triunfaría en las urnas, principalmente gracias al voto mayoritario de los obreros urbanos y rurales y de los campesinos pobres.
Las políticas practicadas durante la década de las dos primeras presidencias de Perón marcarían el período de mayor vigor nacionalista y reformista de la burguesía nacional. Al mismo tiempo, el golpe que lo derrocó en 1955 señaló la incapacidad histórica de esa clase de liderar la lucha del pueblo argentino para derribar las dos grandes montañas que históricamente lo oprimen: el imperialismo y el latifundio.




















