Era 20 de Junio de 1820 en Buenos Aires cuando fallecía a sus 50 años Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, más conocido como Manuel Belgrano.
Al abrazar la causa independentista en 1810 en el Río de la Plata, demostró qué poco le importaba que ésta revolución perjudicara a la fortuna de su propia familia, siendo hijo de comerciantes que se beneficiaban del monopolio al que España obligaba a sus colonias.
Esta firme convicción de proseguir sin importar las consecuencias, en favor de un accionar que nos libere definitivamente de España, pudo verse en hitos claves del proceso independentista.
Hay que tener claro que, dentro del frente revolucionario, había diferencias en cuanto al momento y de qué forma independizarnos de España. Por esta razón recién el 9 de Julio de 1816 (seis años después del inicio de la Revolución en 1810) se declara en San Miguel de Tucumán la Independencia de las Provincias Unidas del Río de La Plata.
¿Quiénes no se definían a profundizar el camino revolucionario independentista, y constantemente ponían palos en la rueda en la unidad de las provincias del antiguo virreinato en contra de los realistas (españoles)?. La respuesta no sorprende a nadie: los terratenientes de Buenos Aires y sus operadores habían logrado desplazar al grupo más revolucionario de la dirección del nuevo gobierno patrio, teniendo un papel central en evitar la unidad de la futura América Latina y en demorar la declaración de la Independencia.
Sabemos que los intereses comerciales y de control aduanero eran el principal motivo por el que se sumaron al frente revolucionario independentista, pero tenían reparos a la hora de romper definitivamente con la corona española.
Cuando Belgrano se hace cargo en 1812 de las campaña que debía detener el avance de las fuerzas españolas en lo que hoy es la Provincia de Santa Fe, se encuentra ante la necesidad de unificar al ejército revolucionario bajo un símbolo que los identifique, un símbolo que materialice el fervor por la liberación de las tropas que luchaban en el bando criollo. De esta manera, iza el 27 de febrero de 1812 una bandera con colores celeste y blanco, ya utilizados como distintivos (en forma de escarapela) por los regimientos a su mando en Rosario.
Esta iniciativa es completamente desaprobada por el gobierno de Buenos Aires, ordenando eliminar la bandera en cuestión, porque la utilización de una bandera propia significaba declararse independientes del Rey de España. Tiempo después, en 1816 el congreso de Tucumán adoptó la bandera celeste y blanca como símbolo de las Provincias Unidas del Río de La Plata.
En más de una oportunidad Manuel Belgrano desoyó las directivas del gobierno de Bs As, demostrando su claridad militar y política, pero sobre todo, apoyándose en los sectores populares de la población colonial como en el épico Éxodo Jujeño de 1812.
Para Belgrano ser consecuente tuvo su costo, ya que perdió toda la fortuna personal en la guerra y fue apartado del quehacer político al volver a Buenos Aires.
Sin embargo, muchos somos los que hoy recordamos su lucha por una patria liberada, y nos hacemos eco del lema al que Manuel Belgrano y sus soldados juraron antes de enfrentar al enemigo ese 27 de febrero de 1812 a orillas del Paraná, el mismo río que hoy se disputa su control: si quedará en manos del Estado para regular nuestras exportaciones o seguirá en manos de los mismos monopolios cerealeros extranjeros que imponen al país un desarrollo agroexportador dependiente de los países imperialistas. Como afirmó Manuel Belgrano: “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad”.




















