Una niña desaparece.
Una niña indigente desaparece.
La madre hace la denuncia.
El Estado la ignora.
El caso de Maia puso en evidencia, más que nunca, el entramado de enorme desigualdad en el que vive gran parte de la población de la Ciudad de Buenos Aires. Según los censos realizados por organizaciones sociales, alrededor de 7.300 personas son las que viven hoy en la calle. Pero el número podría ser considerablemente mayor.
Sin embargo, a pesar de reflejar algo de claridad sobre el problema, las cifras no dicen mucho sobre el estado de vulnerabilidad en el que se encuentran las personas que viven en la calle. Y dicen aún menos sobre la situación de mujeres y niñes que han sido absolutamente abandonades por el Estado. Es bien sabido que en la calle no hay derechos. La ciudadanía requiere de cuatro paredes que la contengan para existir. Y quien carece de esas cuatro paredes es considerado lo que sobra, lo que es ajeno, lo que no se mira. Incluso lo que debe ser descartado. Las vidas de estas personas parecieran no importar. Y en el caso de las infancias, vulnerables por naturaleza, el abandono es aún mayor.
Tal es el caso de Maia.
La desaparición de una niña no siempre es noticia. Y mucho menos la de una niña pobre. A diario desaparecen engrosando las filas de las redes de trata. Pero, en esta oportunidad, lo que la distingue de tantas otras es que el desamparo de la pobreza encontró su contrapartida en una enorme explosión de solidaridad de vecinos y vecinas de Barrio Cildañez que, en una expresión de hartazgo y ya acostumbrades a no ser escuchades, a no ser vistes, decidieron cortar la autopista para hacerse escuchar, para hacerse ver. Así, el caso tomó estado público.
Nos enteramos de que la nena y su mamá vivían en la calle. Que un hombre que ya había sido denunciado por abuso de menores se la había llevado. Que el Estado decidió no tomarle la denuncia a la madre. Y que las vidas de quienes han sido arrastrades a la marginalidad también importan.
¿Pero a quién?
La vulnerabilidad de Maia fue utilizada por funcionarios públicos, a los que poco pareciera importarle la realidad de miles de personas que viven en la calle, para pasearse por canales de televisión y posicionarse de cara al futuro escenario electoral. No olvidemos que el ministro de Seguridad Berni que buscó a Maia fue el mismo que se ocupó de desalojar a miles de familias que se encontraban en la misma situación de vulnerabilidad y precariedad en el predio de Guernica. Por otro lado, las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires, encabezadas por Santilli, en un acto de cinismo aún mayor, hicieron lo mismo. Sin embargo, y a pesar del Estado, la búsqueda ya se había iniciado, gracias a la solidaridad de les vecines de Lugano, y encontrada, posteriormente, gracias a una vecina de Luján que al ver al hombre se animó a seguirlo y, de esta manera, Maia pudo ser rescatada con vida.
Entonces vuelve a aparecer la misma pregunta. Las vidas de las personas arrastradas a la marginalidad importan. Sí, ¿pero a quién?
La secuencia de acciones que siguieron a la desaparición de una niña pobre demuestran que la expresión “sólo el pueblo salvará al pueblo” se hace manifiesta y certera, de formas absolutas, en los momentos más difíciles y entre las personas más vulnerables: en una pequeña casilla de lonas que finge ser una casa sobre los márgenes de la autopista Dellepiane, como si se tratara, de alguna manera, de una representación de los otros márgenes a los que son corridas las personas que viven en la calle, vive una familia. En esa familia, una niña. Un hombre se la lleva. La policía no actúa. Les vecines protestan. Los medios aparecen. Los funcionarios lo aprovechan. El pueblo la busca. El pueblo la encuentra.
El caso tiene poco de representación y mucho de realidad. Una realidad que evitamos ver. Pero que existe. Existe para cientos de personas a las que todos los días les son arrebatados sus derechos. Y con ellos su dignidad. Y ya es tiempo de que el Estado se la devuelva y se haga presente. Se lo debe a Maia y, en ella, a cada una de las Maias a las que arrastran todos los días a una vida cercenada por la pobreza y por la vulnerabilidad.




















