El sábado 14 de setiembre, un ataque con drones (aviones no tripulados) dañó seriamente en Arabia Saudita una refinería y un yacimiento del emporio petrolero estatal Aramco, que debió reducir a la mitad sus exportaciones de petróleo. Los rebeldes hutíes de Yemen del Sur, que combaten al gobierno respaldado por los sauditas y EEUU, dijeron ser los autores del ataque. Pero el gobierno de Trump y otros países árabes que apoyan al gobierno yemenita se apuraron a culpar a Irán, otro gran productor petrolero mundial que cuenta con el apoyo de China y de Rusia. Teherán rechazó la acusación insistiendo en que la única vía para acabar con el conflicto en Yemen es el cese de los ataques saudíes y el fin del apoyo político y armamentista de EEUU al gobierno yemenita.
Otra vez el Medio Oriente está al borde de un incendio que no sólo afecta la producción y los precios del petróleo sino también las finanzas mundiales; y está movilizando los intereses estratégicos de todas las potencias imperialistas.
Con una producción cercana a los 11 millones de barriles diarios Arabia Saudita es el principal productor y exportador petrolero del mundo. Entonces los precios del crudo se dispararon, amenazando con una nueva ola inflacionaria mundial -como la de la “crisis del petróleo” de 1973-, y Trump y sus aliados usaron eso para vociferar que el supuesto “ataque iraní” no había sido contra Arabia Saudita sino contra “todo el mundo”. Intentarán -aunque sin aportar la menor prueba- de que la ONU, que se reúne esta semana, condene a Irán como culpable del ataque con drones y amplíe las sanciones que Trump restableció tras romper unilateralmente en mayo del año pasado el pacto que los propios EEUU más China, Rusia, Francia, Reino Unido y Alemania habían firmado con Teherán en julio de 2015.
Siempre el Golfo
El Golfo Pérsico, entre la península arábiga e Irán, es uno de los pasos marítimos cruciales del mundo. Es la salida al océano de los principales productores petroleros: Irán, Kuwait, Arabia Saudita, Bahrein, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Es profundo y permite el paso de los grandes barcos petroleros: por ese canal salen unos 19 millones de barriles de petróleo cada día, un 20% de las exportaciones mundiales. Cuando Trump rompió el acuerdo con Teherán, como parte de las sanciones que le reimpuso, decidió que también serían sancionados los países que siguieran comprando petróleo a Irán. Por eso Teherán, cuya economía depende de sus ventas petroleras, amenazó bloquear el paso de los barcos petroleros a través del estrecho de Ormuz, la “puerta de salida” del Golfo.
El imperialismo yanqui siempre trata de encubrir sus objetivos hegemonistas tras supuestos intereses “globales”. Lo hizo contra Vietnam en los ‘60, contra Irak en los ‘90, contra Venezuela hoy. Su relativo debilitamiento frente al ascenso de China (y a la creciente alianza de Pekín con Moscú) lleva a Washington a poner el ojo en el petróleo de Medio Oriente. No puede descartarse la idea de que el propio Trump haya ordenado o consentido una provocación que consolidara el embate y sus alianzas contra Irán.
En junio y julio Trump ya había acusado a Irán del ataque contra dos buques petroleros en el Golfo Pérsico, al igual que otros cuatro en mayo. Ahora anunció que enviará 1.000 efectivos militares a Medio Oriente, que se suman a otros 1.500 que ya había anunciado el mes pasado. Irán respondió a la amenaza militar yanqui subrayando que el retiro norteamericano del pacto nuclear muestra que es EEUU y no Irán quien viola los acuerdos internacionales. Además, el gobierno iraní anunció que en cuestión de días superará el límite de uranio enriquecido que fijaba el acuerdo nuclear de 2015, y advirtió que Irán está “listo para destruir a cualquier país que lance una ofensiva contra su territorio”: “Continuaremos hasta la destrucción total de cualquier agresor”, dijo el jefe de la Guardia Revolucionaria.
Otra vez un polvorín
Por muchas razones, a los imperialistas de Washington no les resultará fácil desencadenar un ataque contra Irán. Irán es mucho más fuerte que lo que en su momento era Irak, incluso militarmente (de hecho, en junio los iraníes derribaron un dron estadounidense sobre su territorio). Además, aún sin contar el respaldo chino y ruso, tiene aliados significativos en la región como Irak, Siria, Líbano y Yemen. EEUU sigue contando con aliados fundamentales allí como Israel y Arabia Saudita, pero otros países árabes antes incondicionales están dando pasos para tomar distancia de Washington. Los aliados europeos, aunque algunos aceptaron a regañadientes el nuevo embate yanqui contra Irán, tampoco se subordinaron mansamente a la ruptura del pacto por Trump: la coalición europeo-yanqui prácticamente se quebró.
Por otra parte, aunque EEUU siga siendo por lejos la principal potencia militar del planeta, frente al ascenso de China, a la creciente alianza de ésta con Rusia y a la densa trama de acuerdos comerciales, de inversión y de financiamiento que Pekín viene tejiendo con muchos países del “tercer mundo” y de Europa, el relativo debilitamiento condiciona las estrategias belicistas norteamericanas.
Todo esto también se entrama alrededor del petróleo. A principios de junio, el ruso Putin y el chino Xi Jinping volvieron a encontrarse y, además de firmar nuevos convenios y ratificar su alianza estratégica decidieron: 1) reimpulsar su apoyo mutuo al proyecto ruso de afirmar el “espacio euroasiático” y al proyecto chino de “Nueva Ruta de la Seda”; y 2) seguir “desdolarizando” el intercambio comercial entre ellos y con otras áreas del mundo (de hecho, casi la mitad del intercambio bilateral ya lo hacen en euros, yuanes o rublos).
Esto último requiere acuerdos con los grandes países petroleros que permita pagar el petróleo en otra moneda o en una “canasta de divisas”. La petrolera estatal rusa Rosneft ya anunció que prontamente sus contratos serán en euros. China, por su parte, viene aumentando la importación de petróleo iraní, en claro desafío a las sanciones de EEUU: sus transacciones se hacen parte en yuanes y parte en euros.
La “desdolarización” de la economía mundial significa un golpe decisivo a los privilegios que desde hace 75 años le reporta a EEUU ser el emisor de la principal moneda mundial de comercio y de reserva. Y esto va minando también los poderosos vínculos que EEUU forjó durante un siglo con los feudos petroleros del Oriente Medio.
A fines de junio el príncipe heredero de los Emiratos, Mohamed Bin Zayed, visitó Pekín y pidió que China mediase para un acercamiento de los Emiratos y Arabia Saudita con Irán, y posteriormente retiraron las tropas con que apoyaban en Yemen a las fuerzas pro-sauditas y pro-yanquis (apoyando en los hechos a los hutíes pro-Irán).
Moscú también juega su papel. Siendo ya un poderoso productor petrolero, los intereses de Rusia en hacer acuerdos con Irán no pasan por el petróleo sino claramente por lo estratégico. Moscú y Teherán organizan para fines de 2019 ejercicios navales en el Golfo Pérsico, donde Irán ha facilitado a la marina rusa el uso de los puertos iraníes de Chabahar y Bandar Abbas. Se entiende entonces que el gobierno de Rusia haya salido al cruce de las amenazas estadounidenses proclamando que “un ataque contra Irán sería un ataque contra Rusia”.

















