Corea: la era del deshielo

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Los presidentes de Corea del Norte y Corea del Sur, Kim Jong-un y Moon Jae-in, se reunieron el viernes 27 de abril en la parte surcoreana de la zona desmilitarizada y firmaron algunos acuerdos de alcance histórico. Fue la tercera reunión presidencial desde que la agresión del imperialismo yanqui en la Guerra de Corea (1950-53) dejó a esa península del nordeste de Asia partida en dos países (80 millones de habitantes en total), con capitales en Pyongyang y Seúl respectivamente.

Los acuerdos más importantes entre las dos Coreas son:

1) Cesarán cualquier acción hostil; a fines de este año firmarán un tratado de paz para finalizar formalmente la Guerra de Corea (en 1953 sólo se interrumpió con la firma de un armisticio); después de 65 años, empieza una nueva era de paz;
2) Reducirán gradualmente sus arsenales;
3) Buscarán la desnuclearización total de la península;
4) Promoverán la futura re-unificación en un solo país;
5) Iniciarán negociaciones en varios ámbitos y a diferentes niveles, incluyendo a EEUU y China;
6) Participarán conjuntamente en competiciones deportivas internacionales;
7) Antes de fines de 2018 el presidente surcoreano visitará Corea del Norte.

La voluntad de acercamiento fue mutua, y evidentemente el contexto mundial que lo posibilitó es distinto al de los anteriores encuentros de 2000 y 2007 entre los presidentes de entonces. El año pasado la tirantez entre ambos países estuvo al borde de desencadenar la guerra, fogoneada abiertamente por las provocaciones del yanqui Trump. La reunión actual se produce apenas tres semanas después de la visita del norcoreano Kim Jong-un a la capital china Pekín, donde se reunió personalmente con el presidente Xi Jinping. De ese modo, el imperialismo chino plantó bandera en un conflicto que los yanquis han trabajado para mantener encendido como parte de su disputa con Rusia y China.

Pese a las reiteradas provocaciones y presiones de Trump contra Pyongyang por sus pruebas misilísticas y nucleares, el presidente norteamericano se vio obligado a “saludar” la entrevista en Pekín como si fuera el resultado de previos acuerdos yanqui-chinos para presionar conjuntamente a Norcorea a que abandone sus pruebas y programas de desarrollo nuclear en curso desde hace una década. Y paralelamente se dejó saber que Trump y Kim Jong-un se reunirían en mayo, por primera vez en décadas. El reciente reemplazo del ex Secretario de Estado norteamericano Tillerson por Mike Pompeo apuntaba al “endurecimiento” de la política internacional del imperialismo yanqui (que viene comprobándose con el bombardeo en Siria y con la activa diplomacia norteamericana respaldando a gobiernos neoliberales en Sudamérica). Pero el acuerdo alcanzado por los presidentes de ambas Coreas va en otro sentido.

EEUU vs. Corea: ¿quién es el “agresor nuclear”?

El histórico acuerdo entre las dos Coreas, objetivamente, aleja los nubarrones de guerra que se cernían sobre esa península, sobre todo el Oriente asiático y sobre la paz mundial en general. Una guerra regional sería principalmente un conflicto fratricida –fogoneado por los intereses estratégicos de las grandes potencias–, y las principales víctimas hubieran sido los pueblos de ambas partes del país.

Algunos analistas estiman que el cambio de actitud de Kim Jong-un se debe al impacto que la intensificación de las sanciones internacionales ya está teniendo en la precaria economía norcoreana, especialmente desde que China adhirió a las presiones contra Pyongyang, ya que de Pekín depende un 80% del comercio de Corea del Norte. Las exportaciones norcoreanas a China cayeron verticalmente en los dos últimos años, y a su vez China hace ya seis meses que no exporta diesel ni gasolina a su vecino. Ese puede haber sido el centro del diálogo entre Kim Jong-un y el presidente chino a fines de marzo.

Pero también es probable que la dura posición de la dirigencia norcoreana ante las reiteradas pechadas yanquis, antes con Obama y ahora con Trump, le hayan permitido no sólo constituir un respetable arsenal nuclear y obtener misiles defensivos de largo alcance, sino incluso discutir el contenido de la llamada “desnuclearización” de la península coreana.

Los imperialistas yanquis –los principales productores y poseedores de armamento atómico del mundo, y los únicos que lo usaron en los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki en Japón al término de la 2ª Guerra Mundial– exigen que Norcorea destruya completamente y a corto plazo sus armas nucleares y misiles intercontinentales. Pyongyang, en cambio, plantea un proceso gradual en el que cada paso norcoreano en la “desnuclearización” sea acompañado de medidas progresivas y sincronizadas de la otra parte, es decir de pasos de distensión y de desarme por parte de EEUU y Surcorea, empezando por el retiro de las tropas yanquis estacionadas en Corea del Sur y el cese de los provocativos “ejercicios” militares conjuntos de Washington con ese país.

No son las armas –nucleares o de otro tipo– la causa de las guerras fratricidas, sino los imperialismos en su disputa mundial y en defensa de sus intereses. Por eso hoy, las señales de paz en Corea son una buena noticia desde el punto de vista popular.