El reciente 19º Congreso del Partido “Comunista” de China –que formuló el balance de los últimos 5 años y trazó las líneas fundamentales para los próximos 5– es un punto de inflexión en el posicionamiento internacional de la potencia asiática y en la pugna por la hegemonía mundial. Mientras la superexplotación obrera, la extrema polarización social, los desalojos urbanos y rurales, la corrupción oficial y la contaminación ambiental siguen acrecentando el descontento de los sectores populares –y la inquietud de la clase dominante–, el presidente Xi Jinping insistió en agitar las banderas de la “modernización” y la “erradicación de la pobreza”. Con un balance de cifras de crecimiento del PBI muy superiores a las otras grandes potencias, y el acento en la campaña “anti-corrupción” y la disciplina partidaria como gran escoba para reforzar la centralización y barrer a los dirigentes que obstaculizan la hegemonía del “grupo Xi”, el Congreso fue un paso decisivo en la consolidación del grupo de monopolistas chinos que promueven las actuales reformas dirigidas a superar la crisis de sobreproducción y eliminar las amenazas a la “seguridad” interna y externa, desbrozando el camino de Pekín hacia el podio de las grandes potencias imperialistas del presente.
No por nada el presidente yanqui Donald Trump dejó a un lado sus bravatas anti-chinas y viajó de Corea del Sur a Pekín el 8 de noviembre para intentar acuerdos comerciales (y probablemente políticos contra Corea del Norte), reconociendo de hecho el nuevo rol de China en el mundo…
“Pensamiento Xi” y líneas de acción
El Congreso levantó a Xi Jinping por las nubes y abrió paso a su reelección de por vida, al revisar la Constitución del PCCh e incluir en sus nuevos Estatutos la categoría de “pensamiento Xi Jinping” sobre el “socialismo con características chinas en la nueva era”, equiparando presuntuosamente al actual jefe de la burguesía china con Mao Tsetung. Pero Mao, gran dirigente comunista, encabezó la revolución armada obrera y campesina que en 1949 derrotó al imperialismo, sacó a China de su condición semicolonial y semifeudal y a 600 millones de chinos de la explotación, la miseria y el atraso. En cambio, con etiqueta nueva, Xi Jinping afianza su poder como líder del imperialismo chino que inició su carrera ascendente a fines de los ‘70 cuando los revisionistas capitaneados por Deng Xiaoping derrocaron la alianza obrero-campesina y el socialismo y coronaron la restauración capitalista. En poco tiempo transformaron a China en una gran potencia con intereses monopolistas y estratégicos en todos los continentes.
Ahora, tras casi 40 años de aplicación de las políticas de “reforma” y “apertura”, el grupo que respalda a Xi fijó las estrategias para realizar el objetivo de primacía mundial que ellos llaman “el sueño chino” y que incluyen:
• Instituir un “nuevo modelo económico y social”, más centrado en el mercado interno para pretender zafar de las grandes conmociones que el capitalismo mundial viene experimentando desde los ‘70 y especialmente desde 2008.
• Establecer una “civilización ecológica”, pretendiendo mostrar un intento de contrarrestar los efectos de la tremenda contaminación ambiental que el desenfrenado capitalismo chino provocó en estos treinta y tantos años.
• Mejorar “la gobernanza” y establecer un “estado de derecho” al estilo de las democracias burguesas de Occidente, para institucionalizar y consolidar la dominación política de la burguesía monopolista sobre la sociedad china.
• Fundamentar todo esto en el plano ideológico con el andamiaje de un pretendido “pensamiento Xi” (el “xiísmo”), que tratan de hacer pasar como una versión del marxismo “modernizada” y “con características chinas” y que la cúpula de la conducción partidaria –hoy muy tribalizada– utiliza como instrumento de homogeneización tras el liderazgo de Xi, quien ya en 2015 se había hecho “coronar” con el título de “núcleo de la dirección” del PCCh. Decenas de universidades, oficinas del gobierno y unidades militares ya establecieron centros de estudio del “pensamiento Xi Jinping”.
Estos serían los trazos fundamentales de la “nueva normalidad” con que la burguesía monopolista china trata de “normalizar” su dominio interno y su relevancia mundial. Para eso el grupo Xi, fortalecido tras el 19º Congreso, pone en práctica su “nuevo modelo”, ampliando el papel del mercado y los márgenes de la propiedad privada y “mixta” de los enormes consorcios industriales, bancarios y agrícolas; minando los restos de propiedad estatal –que la burguesía china mantuvo durante décadas y que le permitió mantener unidas en un mismo cauce las pretensiones de sus diversas corrientes y fracciones y evitar las rivalidades que caracterizaron la restauración capitalista de Rusia desde 1960 y hasta su estallido en 1990–; desplazando relativamente el eje hacia el mercado interno y pregonando la adopción del “estado de derecho” y una tibia apertura política.
De las infraestructuras al dominio global
El Congreso reafirmó que China seguirá “su propio camino”, subrayando sus “derechos soberanos” (en alusión a las disputas territoriales con países vecinos en el Mar del Sur de China y a la estrategia de cerco anti-chino y anti-ruso que el imperialismo yanqui viene implementando desde tiempos de Obama), y disputando el hegemonismo norteamericano a escala planetaria en prácticamente todos los planos: el del comercio, la inversión, el financiamiento, y en los terrenos político, diplomático y militar.
Por eso también se incorporó a los propios estatutos partidarios –es decir como arma de cohesión y disciplinamiento– el faraónico proyecto de la “Nueva Ruta de la Seda”, transformado en la piedra filosofal tanto de la “globalización” –que los imperialistas chinos reivindican como objetivo propio– como de las “asociaciones estratégicas” con que China viene llenando el mundo, incluidos los BRICS y América Latina.
Con esa “Iniciativa” y con la amplísima red de alianzas y asociaciones con monopolios y países de todo el mundo que van tejiendo alrededor de ella redoradas con el argumento del “beneficio mutuo” y el “ganar-ganar”, la dirigencia de Pekín busca avanzar –no sólo en el plano económico sino político y estratégico– en el armado de un nuevo orden mundial con China como centro. Según dijo un académico chino en un Foro chino-latinoamericano tras el Congreso: “La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha evolucionado desde las infraestructuras a un sistema global que abarca la economía, la distribución y la administración, ofreciendo tanto el fundamento material como el intangible de una gobernanza global”.
Así, el proyecto de “la Franja y la Ruta” se alinea con las otras dos grandes “contribuciones” que el expansionismo xiísta fue perfilando en la última década: la “Gran política de poder con características chinas” y las “Nuevas relaciones de gran potencia”. Y se complementa también con la “reforma militar” y el “Sueño de un Ejército fuerte” que el propio Xi viene implementando desde fines de 2015. En el mismo rumbo hegemonista, la nueva Constitución reemplazó la expresión “fundación de la República Popular China” por “establecimiento de la Nueva China”: el “rejuvenecimiento” nacional que machaca Xi Jinping es, así, la revitalización nacionalista de la vieja China imperial, tratando de eliminar hasta el recuerdo de la revolución de 1949 que estableció la República Popular tras liberar a China de 3.000 años de feudalismo y de un siglo de brutal dominación imperialista.




















