El 28 de junio de 1966, un nuevo golpe militar, ahora autodenominado “Revolución Argentina”, se había hecho con el gobierno en nuestro país para intentar poner fin a la inestabilidad política que se atravesaba desde el derrocamiento del segundo gobierno de Juan Domingo Perón en 1955.
Encabezada por Juan Carlos Onganía, había llegado con la intención de quedarse durante muchos años y reconfigurar la economía y la sociedad argentina en beneficio de la concentración del capital y una mayor extranjerización y entrega nacional. Y al principio pareció que iba a ser así.
Las cúpulas sindicales los recibieron con lo que denominaron una “expectativa esperanzada” y el propio Perón desde su exilio en España llamaba a “desensillar hasta que aclare”. Solo los estudiantes le hicieron frente, con una gran lucha contra la intervención de las Universidades que se cobró la vida de Santiago Pampillón.
Cuando la dirigencia sindical quiso implementar la metodología de “golpear y negociar” acuñada por Augusto Vandor, el gobierno respondió con represión y esta optó por llamarse a silencio. Las luchas obreras de los azucareros tucumanos, los portuarios y los ferroviarios quedaron a la deriva y en ese momento la dictadura pudo más.
El país parecía finalmente “apaciguado”. Pero el odio popular se venía incubando por abajo.
El primer antecedente fue la ruptura de la CGT en marzo de 1968. Allí nació la CGT de los Argentinos, encabezada por Raimundo Ongaro y con una política de oposición frontal a la dictadura. Del otro lado quedaron la CGT Azopardo, negociadora, y los “participacionistas”, directamente subordinados al onganiato.

El movimiento estudiantil, actuando en la clandestinidad, también comenzó a reactivarse: el 14 de junio, la FUA que presidía Jorge Rocha llevó a cabo un fuerte paro estudiantil, y en noviembre se reunió el Consejo Nacional de Centros que proclamó la lucha por la “Universidad del Pueblo Liberado”.


