Hace algunas semanas trascendió en los medios las intenciones de que nuestra empresa nacional “Havanna” empezaría a utilizar en la producción de sus alfajores el trigo transgénico HB4, creado por la bioquímica Raquel Chan y la empresa Bioceres-Indear, aprobado en 2020 por el Ministerio de Agricultura Resolución 41/2020.
Al igual que la producción de soja transgénica que se produce en el país, este trigo implica necesariamente la adopción de un paquete de modificaciones en su siembra.
Si uno compra el HB4 debe comprarle al mismo proveedor el pesticida que necesita, en este caso el glufosinato de amonio, 15 veces más tóxico que el glifosato que se usa para la siembra de soja.
Ya venimos de más de una década de destrucción de biodiversidad, desmonte, población contaminada y afectada por el efecto del glifosato, ahora deberemos lidiar con la utilización del glufosinato de amonio, pesticida prohibido en muchos países.
Pero el horror no se acaba en saber que tendremos más aire y agua contaminada por pesticidas, porque la diferencia con la incorporación del HB4 es que el trigo es un producto agropecuario que consumimos en gran cantidad. No sólo recibiremos tóxicos por producirlo, si no también por el residuo que dejará en las harinas, fideos, panificados y galletitas que consumimos los argentinos cada día.
La comercialización de esta semilla modificada no ha sido aprobada en ninguna parte del mundo, pero están tratando de que lo haga Brasil, gran consumidor de trigo argentino. Una vez que esto suceda, rápidamente comenzará su siembra en nuestro país. Afortunadamente, hasta el momento, el país vecino no lo aprobó. La repercusión negativa y la movilización popular la han postergado, lo mismo que la utilización del HB4 en la fabricación de alfajores Havanna, pero no se sabe por cuánto tiempo.
El agronegocio se disfraza de verde ecológico
Lo que resulta realmente indignante es el cinismo con el que se presenta la alianza entre Bioceres y Havanna. Bajo el slogan de alfajor “sustentable” o “inteligente”, quieren convencernos de que al utilizar menos agua (porque el glufosinato mata a las hierbas que la rodean) es “amigable” con el ambiente, produciendo también su versión ¡vegana y libre de glutem!
Alan Aurich, CEO de Havanna, explicó que «el deterioro ambiental que sufre el mundo potenciado por la coyuntura, generó una mayor conciencia del cuidado que requiere el planeta. Creemos que los avances científicos que fomentan el cuidado del ambiente y los recursos naturales son claves para el futuro y deben ser incorporados paulatinamente dentro de las lógicas de producción del mercado alimenticio. Este acuerdo con Bioceres nos pone en sintonía con los nuevos paradigmas que se vienen y nos desafía a diseñar en conjunto productos sustentables con los diferenciales que siempre nos caracterizaron: ricos, reconfortantes y de alta calidad». Fuente El cronista/Apertura 09/05/2021.
Descaradamente utilizan conceptos ecológicos como “huella ambiental” o “cuidado del planeta”, para justificar este nuevo trigo, que en verdad nos pisoteará de veneno. Saben que es la nueva moda marketinera y la utilizan desvergonzadamente.
¿Por qué surge esta necesidad de modificar una semilla que nos brinda la naturaleza?
La dinámica capitalista exige acelerar los tiempos de producción, y asegurarse de reducir cualquier factor que impida obtener ganancias. Para ampliar los rindes, controlan todo el proceso productivo, hasta el más mínimo detalle. Aquí el problema en cuanto a la producción agraria, ¿cómo controlar a la naturaleza? si a veces no llueve, si vienen plagas, o si crecen alrededor de esa planta comercializable, otras “malas hierbas” nativas que le consumen agua y nutrientes.
La respuesta a esta necesidad ha sido la modificación genética de la semilla para que sea resistente a la falta de agua y al pesticida que se aplicará sobre ella, y que matará a las malas hierbas, a las “pestes” que se le aproximen. Además de que permite ahorrarse el tiempo de desmalezar (algo que se puede hacer con animales, que además abonan la tierra) pero esto no sirve desde esta lógica de un extractivismo intensivo, porque quita mucho tiempo, y el tiempo es ganancia.
Es hora de que nuestro país modifique su capitalización a costa de la salud del pueblo argentino y la destrucción del ambiente. La respuesta ante la enfermedad de niños, contaminación del agua, desalojo de pueblos originarios y desmonte no puede ser la necesidad de recibir dólares del exterior. Debemos profundizar los caminos que nos acerquen a una relación no extractivista con la naturaleza, que no implique la muerte y enfermedad de la población y se sustente en la variedad y rotación de cultivos permita avanzar hacia la soberanía alimentaria.




















