Compartimos la entrevista a Rubén Laufer, investigador y docente de la UBA, a 100 años de la fundación del Partido Comunista Chino.
Por Mario Hernandez Fuente: Revelión.org 2/8/2021
M.H.: Se cumplen 100 años de la fundación del Partido Comunista Chino. Un Estado socialista dirigido por la clase obrera y fundado en la alianza de obreros y campesinos. ¿Es así?
R.L.: Este tema es muy trascendente porque efectivamente en días pasados ha habido una catarata de artículos y comentarios de toda índole, esto tiene que ver con el papel que ha adquirido China en el mundo, en la economía y la política mundiales.
Pero yo creo que el entusiasmo por la China actual en muchos casos lleva a olvidar o a que se distorsionen los hechos históricos. En cuanto a China es más lo que no se dice que lo que se dice. Entre otras cosas creo que una de las cosas que no se dice es que el Partido Comunista de China fue una cosa hasta 1978, pero después se convirtió en otra cosa. Por ejemplo, las fotos que simbolizaban al PCC durante treinta años de socialismo mostraban a los dirigentes del partido y al propio Mao siempre acompañados del pueblo y los trabajadores, en cambio ahora es notable ver que los videos oficiales y propagandísticos del Partido muestran urbes modernas al estilo de Manhattan, con rascacielos y luces láser, pero los trabajadores que las construyeron no se muestran, y en qué condiciones sociales y laborales las construyeron, menos.
Hay otros videos, entre ellos uno que resume cuatro mil años de China, que curiosamente se saltea los 30 años del socialismo entre 1949, cuando triunfó la revolución, y 1978 cuando se dio la restauración del capitalismo con Deng Xiaoping. Se saltean en primer lugar el socialismo, que fue la razón de ser de la fundación del Partido Comunista de China en 1921 y, en segundo lugar, que ese fue el período en el que se asentaron las bases del desarrollo productivo y tecnológico de la actualidad.
Otra cosa que no se dice o se dice poco es que el PCCh fue fundado con propósitos de revolución social, para liberar al pueblo chino de tres mil años de opresión de los terratenientes feudales y para liberar a la nación china de un largo siglo de dominación por parte de todas las potencias: ingleses, franceses, alemanes, la Rusia zarista, Estados Unidos, etc. Y que para liberarlo, el partido encabezado por Mao Tse Tung encabezó a 450 millones de personas comunes, obreros, estudiantes, campesinos, intelectuales en tremendas guerras revolucionarias, después contra la invasión japonesa, contra la tiranía de Chiang Kai Shek y del Kuomintang apoyado por EE UU. Y triunfó en 1949 y puso inmediatamente en marcha la reforma agraria. Destruyó el poder económico y social de los grandes terratenientes, eliminó los latifundios, redistribuyó las tierras y con eso sentó las bases para seguir la industrialización y la gran modernización que experimentó China en esos años.
Yo creo que esa fue la gran obra del Partido Comunista de China. Sin eso China seguiría siendo hoy un país atrasado, despedazado por las grandes potencias. No podríamos siquiera imaginarnos los extraordinarios avances económicos, industriales, agrícolas, científicos, tecnológicos que se gestaron durante 30 años de socialismo hasta 1978 y que en realidad son los que explican la China de hoy.
M.H.: Pasemos de 1978 a 1979: Deng Xiaoping.
R.L.: Del mismo modo que lo hago en mis estudios, creo que es necesario ir comparando permanentemente la China de hoy consigo misma, con “la otra” China, que fue la China socialista. Hoy se hacen muchos elogios a la China actual: se dice que los chinos, o que el Partido Comunista chino sacó de la pobreza a cifras inverosímiles de personas, 200, 300, hasta 700 millones de personas, sin criterios científicos de conocimiento; hay una valoración de la China actual que intenta correr de la escena la obra histórica realizada en el período de la China maoísta.
El Partido Comunista de China con Mao promovió una profundísima reforma social. Durante esos años, centenares de millones de campesinos eran dueños de la tierra y de su trabajo, en general en forma de cooperativas y luego de de comunas; y en las ciudades las fábricas no eran propiedad privada de pocos, eran del Estado y las administraban consejos de obreros, técnicos y dirigentes. La gente común, del campo y la ciudad se dirigía a sí misma en la propiedad y en la operación de los medios de producción de la riqueza social. En consecuencia, se aseguraban a sí mismos lo que ellos llamaban “el tazón de hierro de arroz”, es decir, las garantías que tenían de alimentación, vivienda, vestido, de atención médica y escuelas, todo prácticamente gratuito.
En esa época China seguía siendo pobre en términos de Producto Bruto que es como suelen medir los economistas el desarrollo social, pero había eliminado lo principal de la miseria, la droga, la prostitución, las epidemias. Estas son cosas que relatan muchos viajeros, inclusive muchos viajeros latinoamericanos de entonces.
Parafraseando lo que suele decirse de países latinoamericanos, que somos “países ricos con gente pobre”, yo creo que China en esos años de socialismo llegó a ser un país pobre con gente rica: no en términos de dinero, sino de necesidades básicas satisfechas. Cosa que no solo en los países latinoamericanos, sino en buena parte del mundo aún hoy no sucede.
Esto empezó a cambiar en la última parte del período socialista, en ese período tan discutido y polémico que fue la llamada Revolución Cultural, y que un poco presagia ese cambio que se produce con Deng Xiaoping a fines de los 70.
En los 60 tanto el PCCh como Mao advirtieron que en China la burguesía, que no había desaparecido sino que todavía existía, intentaría restaurar el capitalismo, como ya había sucedido en la URSS, nuevamente capitalista desde principios de los ’60 y que se convirtió en potencia mundial y pasó a competir palmo a palmo con EEUU la hegemonía mundial. Por eso Mao decía que “China era roja pero podía convertirse en blanca”.
Y, en relación a la URSS, por eso los dirigentes del PCCh se preocuparon mucho por mantener la independencia de China, y movilizaron a grandes masas de jóvenes y obreros a la Revolución Cultural para que lo de la URSS no se repitiera en China, para que China no se volviera a convertir en un país capitalista y oprimiera a su gran mayoría de trabajadores y no se transformara en un país expansivo que empezara a oprimir a otros países, como había sucedido con la URSS.
Por más que haya ciertamente que criticar los excesos y la violencia que tiñó el proceso de la Revolución Cultural, yo creo que la principal violencia era robarles a los trabajadores la tierra, la fábrica, las conquistas sociales que habían obtenido con tanto esfuerzo revolucionario. Eso es lo que finalmente sucedió, pero no pasó con la Revolución Cultural sino con las reformas capitalistas de Deng Xiaoping.
La Revolución Cultural fue derrotada. Después de 1978 Deng restauró el capitalismo, se eliminaron las comunas rurales, se privatizaron las empresas estatales, y el mismo partio dirigente, el Partido Comunista de China, que había construido esas estrategias como el “tazón de hierro de arroz”, las destruyó, le dio privilegios a las corporaciones chinas y a las corporaciones extranjeras, y China se convirtió en una “fábrica de pobres”.
China se convirtió en los años 80 y 90 en una verdadera fábrica de pobres y desocupados
Hoy se habla mucho de la campaña contra la pobreza y de la cantidad de gente que el gobierno de China sacó de la pobreza. Pero la pobreza contra la que se hacen grandes campañas, es una pobreza que ya no proviene de la explotación de las potencias extranjeras sino de la privatización de China.
En los años 80 y 90 China se convirtió en una verdadera fábrica de pobres y desocupados. Se inventó el término de “trabajadores migrantes”, para referirse a cientos de millones de personas salidas del campo, de las empresas rurales y las comunas disueltas, para ir a buscar trabajo, como pasaba en la Argentina en los 40. China se llenó de trabajadores explotados hasta el suicidio, como mostró lo sucedido en la fábrica Foxcom en 2010. Y se multiplicó la represión, como en 1989 cuando por primera vez el Ejército Popular de Liberación, que jamás había levantado las manos contra el pueblo, fue sacado a la calle para atacar al pueblo. Y se llenó de corrupción, en las más altas esferas del Partido y del Estado. Hace algunos años la propia CEPAL reveló que, aún siendo enormes las inversiones de China en Venezuela, Ecuador, Brasil, la propia Argentina, el 95% de los capitales que salían hacia América Latina no venían a nuestros países y mucho menos a la producción, sino que iban a paraísos fiscales como las Islas Caimán y las Vírgenes británicas.
Lo que se constituyó con Deng Xiaoping después de 1979 no es un “socialismo con características chinas”: es el viejo y conocido capitalismo, por más características chinas que tenga.
M.H.: El PCCh, cumplidos sus cien años ¿se volvió capitalista?
R.L.: No… yo pienso que se volvió capitalista mucho antes de cumplir los 100 años. Se volvió capitalista a fines de los 70, cuando cambió la naturaleza política de su dirección y la naturaleza social de los sectores que representaba. Ese cambio de naturaleza del partido tuvo dos momentos: uno a fines de los 70, que es el recién mencionado. Y el otro en los 90, bajo la presidencia de Jiang Zemin en el Partido y el Estado, cuando se estableció la llamada “triple integración”, con la cual se promovió la incorporación de los empresarios al PCCh, lo que en la práctica significó la proyección de los jefes de las grandes corporaciones industriales y bancarias a la propia dirección del Partido y del Estado.
Es decir el PCCh, que ya había cambiado de color, profundizó en los 90 su reversión, su cambio de naturaleza. Y con eso cambió todo. Cambió su rol dentro del país, y cambió el rol de China en el mundo. Todo cambió. La estrategia de autosostenimiento, que era tan característica de la China maoísta, se convirtió en una política de succión de recursos naturales de otros países del mundo, entre ellos los nuestros: del petróleo de Venezuela y Ecuador, del cobre de Perú y Chile, de la soja argentina. Lo mismo pasa con muchos países africanos.
La línea exterior de la China socialista de apoyo a los países del Tercer Mundo en una época en que la propia China se consideraba parte y consideraba que su destino estaba ligado a la lucha de los países del Tercer Mundo por emanciparse de la opresión colonialista, se transformó desde los 80 en una puja por el reparto de influencias y una pugna por un mundo que la dirigencia china llama ahora “multipolar”: no un mundo sin polos de poder, sino uno con muchos polos, entre ellos la propia China, para poder pugnar por el reparto de zonas de influencia, de zonas de inversión, de mercaods comerciales, etc.
Lo que fue la ideología del derecho de los pueblos y de las naciones a rebelarse, que impregnaba el período socialista, se transformó, para decirlo en una palabra, en Confucio: en la ideología feudal de la subordinación social: lo que nos llegaría después a través del discípulo de Confucio, Mencio, que sostenía las llamadas “tres subordinaciones”: de la esposa al esposo, del siervo al señor y del gobernado al gobernante.
Y también fueron eliminadas las conquistas sociales. La vivienda se transformó en una cosa carísima e inaccesible incluso pese a la existencia de verdaderas ciudades fantasma, ciudades enteras que fueron construidas a partir de los 2000 y especialmente luego del 2008 pero en las que no vive nadie, edificadas como una vía de canalización de capitales excedentes, una forma especulativa de inversión.
La educación se transformó, de instrumento de formación de los trabajadores, en un bien de ascenso social, en una cosa cara y exclusiva, destinada sólo a quienes pueden pagarla. Cambió la naturaleza de la pobreza, ya no es ahora la vieja condición de un pueblo oprimido durante siglos por las potencias extranjeras; ahora es el resultado de la privatización de China, similar a lo que sucedió en la Argentina en el período menemista, cuando las privatizaciones significaron el hambre de millones.
Y así apareció lo que la dirigencia actual, especialmente con Xi Jinping, llama “el sueño chino”, que ya no es el sueño de 1949 cuando en el acto de proclamación del gobierno popular Mao Tsetung dijo aquella famosa frase de que “el pueblo chino se había puesto de pie” contra la dominación extranjera y la de ese puñado de dueños del país que eran los grandes terratenientes. Ahora apareció otro sueño, que Xi Jinping en su discurso al celebrar los cien años del Partido, calificó como el de la “revitalización nacional” de China. Pienso que con la actual dirigencia, ese sueño es en realidad el sueño del gran empresariado chino, de transformar a China en la gran potencia del presente, en todos los órdenes: tecnológico, militar y económico.
Con Xi Jinping hay un cambio, incluso de tono. Muchos recuerdan que Deng Xiaoping en los 80 había proclamado la consigna que encuadraba las estrategias mundiales del Estado chino en una línea de prudencia: “esconde tu fuerza, aguarda tu momento”. Yo creo que con Xi Jinping la gran burguesía monopolista de China considera llegado su momento.
Tal vez la mayor materialización de ese cambio se grafica en la famosa iniciativa de la Franja y la Ruta, o Nueva Ruta de la Seda. Una iniciativa realmente faraónica, que no solamente proyecta a las corporaciones chinas a todo el mundo, sino que revela la trascendencia estratégica que tiene para esa dirigencia, por el hecho de haber sido incorporada como objetivo estratégico en las dos Constituciones, tanto en la del propio PCCh como en la del Estado.
Y de allí se comprenden todas las otras políticas que van forjando una base material para la proyección mundial de esta iniciativa. Desde el ascenso de Xi Jinping a fines de 2012 se multiplicó la centralización del poder político en el aparato del PCCh, su extrema verticalización. Pusieron mucho el acento en el fortalecimiento del mercado interno, y de allí la estrategia actual de la llamada “doble circulación”, que intenta resolver los problemas de sobreproducción y los de la baja del consumo.
Y hacia afuera le sigue una política exterior muy nacionalista hoy algunos la califican de “asertiva”, para terminar con los intentos independentistas de Taiwán que sigue siendo una provincia robada a China en el período revolucionario, la represión al movimiento de reclamos democráticos en Hong Kong, las políticas para favorecer las posiciones y contrarrestar los reclamos de los países vecinos sobre el Mar de China; el rechazo de las denuncias interesadas de las otras potencias sobre la utilización de trabajo servil en la provincia occidental de Xinjiang, etc.
Es decir, Beijing utiliza todo el poderío del Estado a nivel mundial para avanzar en posiciones estratégicas, en relaciones comerciales, en inversiones en muchos países del mundo, y principalmente en asociar a las corporaciones financieras y tecnológicas chinas, con las burguesías monopolistas de Europa, y también con las clases dirigentes de países como los nuestros. Los dirigentes chinos garantizan así su propia “seguridad alimentaria” y su propia “seguridad energética”, aun a costa de reforzar la dependencia y el atraso industrial de nuestros países.
De modo que ha habido un cambio notable en la naturaleza del PCCh. En la Argentina esto no debería sorprendernos tanto, porque fenómenos bastante parecidos ocurrieron con los partidos de arraigo popular que hubo aquí, como el Radicalismo que cambió de naturaleza después de la dictadura, en el período de Alfonsín; y lo mismo el Peronismo con Menem.
Eso es lo más significativo que podemos registrar respecto de los cambios del PCCh a lo largo de la historia.
Finalmente, me gustaría agradecer doblemente la invitación a hablar de este tema, porque no solo en Argentina y América Latina sino también en otros países como los europeos, es tan sistemática, tan profunda y poderosa la presencia interna de intereses asociados a China, que en las últimas dos décadas se fueron desarrollando sectores internos sectores gubernamentales, sectores de los partidos políticos, sectores empresariales, académicos, periodísticos que ya tienen compromisos de toda índole con intereses chinos.
Esto tampoco es sorprendente: ya los hubo en la época de la “relación privilegiada” con Inglaterra, luego en tiempos de profunda penetración de intereses norteamericanos después de la segunda Guerra Mundial, en los 60… Es un proceso que ya debería ser conocido, pero que no por eso es menos importante. Y a veces es aún más importante de señalar, porque China llega con el prestigio de las conquistas sociales logradas por el socialismo, el prestigio del gran desarrollo del cual el Partido Comunista fue base como describimos anteriormente.
De modo que es importante tamizar esta verdadera catarata de artículos y comentarios vinculados a los 100 años del PCC a la luz del nuevo rol que desde hace varias décadas China ejerce en la región y también dentro de la Argentina.
Fuente: https://rebelion.org/mao-decia-que-china-era-roja-pero-podia-convertirse-en-blanca/




















