Después de aprobarse el robo a los jubilados, el presidente Macri inició su conferencia de prensa expresando su congoja por los hechos de las jornadas previas a la sanción en el Congreso y repudiando “la violencia”. Intentaba así poner el eje del debate en las formas de la protesta y no en el contenido de la ley canalla que acababa de aprobarse. Es evidente que el discurso estuvo planificado desde antes; como así también el escenario de confrontación callejera.
Obviamente hubo infiltrados. Uno de ellos quedó noqueado en el piso por un obrero y luego –en una efímera tregua– fue entregado a la policía, que lo atendió inmediatamente. Pero los “hechos de violencia” no se explican sólo porque el gobierno los haya buscado. Toda confrontación tiene dos polos. En esta ocasión, del otro lado estaba la bronca popular contra el ajuste perverso. Es cierto que las piedras provenían de una parte de la movilización. Pero “no tan pequeña” –como acotaría incluso un analista político en TN al día siguiente–. Y además el conjunto de la movilización se mantuvo firme acompañando mientras escuchaba, a metros, los incesantes balazos de goma y podía ver, más cerca o más lejos, cómo volaban las piedras.
El enfrentamiento tampoco fue improvisado de parte de quienes nos movilizamos ese día. Así como el gobierno se preparó desde sus objetivos, prácticamente todas las organizaciones nos preparamos para la previsible trifulca. Días previos circularon masivamente por las redes sociales mensajes con instrucciones frente a los gases lacrimógenos y balas de goma. En diversos grupos abundaron opiniones y debates sobre si era más efectivo el limón o el bicarbonato. Y ese lunes pudimos ver hasta abuelos con su pañuelo y antiparras. Todos los que nos concentramos allí fuimos con el objetivo de permanecer en la plaza todo lo que se pueda. A nadie pudo sorprender que la sesión haya sido acompañada por nuevos enfrentamientos entre la policía y manifestantes, que fueron la continuación de los choques del jueves previo.
Ya desatada la bataola, se desplegó por parte de varias organizaciones el dispositivo ya conocido: una parte rompiendo baldosas y otra parte tirando los pedazos de baldosas. Hubo también algunas bombas de pintura contra los hidrantes. Salvando las distancias, son todas mañas que el pueblo había protagonizado masivamente 16 años atrás, el 20 de diciembre. Y luego ¡siguieron los cacerolazos!
El gobierno pudo mostrarse satisfecho por haber logrado aprobar el ajuste previsional. Pero no todo salió según sus planes.
El mensaje del pueblo
Hay un hecho que Macri omitió deliberadamente en su conferencia: los masivos cacerolazos del día anterior. Es que los innumerables ruidosos puntos de encuentros volvieron a expresar que lo que indigna verdaderamente a la mayoría del pueblo es el robo a los jubilados. En los cacerolazos se mezclaron desde niños a abuelos, y muchos “violentos” que habían estado tirando piedras a la policía esa misma tarde. Así, de distintas formas se repudió la violencia del Estado porque condena a la pobreza a los jubilados. El gobierno no había logrado imponer su eje propagandístico.
Por esto mismo, el presidente sí dedicó tiempo a criticar a una diputada que había citado a Nelson Mandela. Bordeando el ridículo, Macri terminó criticando a “la etapa inicial” de Mandela. Todo para esquivar el repudio o mensaje que de distintas formas había expresado el pueblo. ¿Qué había dicho el Mandela “inicial”? Que “un gobierno que emplea la fuerza para imponer su dominio enseña a los oprimidos a usar la fuerza para defenderse”. De hecho, la represión del miércoles 13 y jueves 14 más que amedrentar al pueblo terminó por convencerlo de que había que prepararse a resistir los gases y balas de goma.
La otra ridiculez oficial fue plantear que la movilización pretendía romper el cerco policial para entrar al Congreso y bloquear la sesión. Pero en verdad el significado de aquel lunes 18 fue más simple: que el pueblo no va a aceptar mansamente que lo estafen. Por eso insistieron luego desde los medios oficiales (y hasta C5N) que “el pueblo no delibera ni resuelve sino a través de sus representantes”… Es que, precisamente, ningún “representante” había dicho en la campaña de unos días previos que iban a recortarles el sueldo a los jubilados. Y entonces volvió a escucharse por momentos el tan temido “¡que se vayan todos!”.
El gobierno se había ensoberbecido con su triunfo en las elecciones. Se apresuró a aprobar las reformas previsional, fiscal y laboral. De paso quiso validar su descomunal operativo represivo comandado por la ministra Bullrich el jueves 14. Pero su propia torpeza lo obligó a postergar la sesión e intentó victimizar a las fuerzas represivas. Al fin de cuentas logró dificultosamente aprobar el ajuste previsional y fiscal, postergó la reforma laboral y no logró legitimar la violencia represiva del Estado. Y las perspectivas son que el pueblo va a seguir desafiando no sólo el ajuste antipopular sino también la represión con que el gobierno pretende imponerlo.




















