Inicio Internacional Turquía: golpe fallido, dictadura y “corrimiento” hacia Moscú

Turquía: golpe fallido, dictadura y “corrimiento” hacia Moscú

El encuentro del presidente turco Recep Erdogan con el ruso Vladimir Putin, el 9 de agosto en San Petersburgo (Rusia), pateó violentamente el tablero estratégico en el Medio Oriente, una región que desde hace más de un siglo es una de las “zonas calientes” de las rivalidades imperialistas en el mundo.

Rusia fue el destino de la primera salida al exterior de Erdogan tras el fallido golpe militar en Turquía el pasado 15 de julio. Según el gobierno de Ankara el golpe fue gestado por un sector militar que contó con el apoyo yanqui y de las potencias de la Unión Europea. El acercamiento de Erdogan a Moscú pone fin a nueve meses de hostilidad tras el derribo en noviembre, por el Ejército turco, de un cazabombardero ruso que combatía al grupo fundamentalista ISIS junto a la frontera entre Turquía y Siria.

Según algunas interpretaciones, el operativo que derribó el avión ruso habría sido motorizado por un sector liberal proyanqui del Ejército, distinto de la corriente militar liberal-nacionalista que fundó el estado turco moderno a principios del siglo 20 con Kemal Ataturk. Sería el mismo sector proyanqui que después promovió el golpe contra Erdogan, con el apoyo de la corriente islamista encabezada por el autoexiliado imán Fetulah Gulen, que fue aliado de Erdogan pero que desde hace 17 años reside en Pensylvania (EEUU) y que tiene fuerte influencia en la oficialidad del Ejército.

Por eso Erdogan denunció responsabilidad norteamericana en la asonada militar del 15 de julio, hecho que habría detonado su drástico cambio de “amistades” hacia Moscú.

Turquía patea el hormiguero

El vuelco de la situación regional es mayúsculo. Turquía es desde hace más de medio siglo integrante de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y hasta ahora fue un firme aliado de Estados Unidos, que tiene en territorio turco la decisiva base aérea de Incirlik. Con su aproximación a Moscú, el presidente Erdogan toma distancia a la vez de Washington y de la OTAN, y se aproxima al bando opuesto liderado por la Rusia de Putin. Esto genera una profunda fisura en el cerco estratégico que los yanquis vienen tejiendo alrededor de Rusia (y también de China).

Si la movida de Erdogan termina por configurar un nuevo alineamiento del gobierno de Turquía, para Moscú significa la conquista de un casillero clave en el tablero estratégico del Medio Oriente. El presidente turco podría convertirse en un aliado fundamental en la violenta pulseada que el imperialismo ruso libra en Siria contra sus rivales imperialistas de “occidente”. Además de la importancia económica y política que para Moscú tiene la reanudación de proyectos cruciales como el gasoducto Turkish Stream para proveer de gas a Turquía a través del Mar Negro, y la construcción de la primera central nuclear turca de Akkuyu.

Hasta ahora Turquía y Rusia mantenían posiciones antagónicas en torno al conflicto sirio: Ankara –aliada a EEUU– combatía al régimen de Bashar al Assad, un aliado fundamental de Moscú en la región. Cuando los turcos derribaron el avión ruso que atacaba al grupo armado Estado Islámico (ISIS) en Siria, Putin calificó ese ataque como una “puñalada por la espalda”, y acusó a Erdogan de financiar al ISIS comprando el petróleo de los pozos apropiados por esa fuerza en los territorios que ocupó en Siria. Sin embargo, al poco tiempo Erdogan envió a Moscú una carta de disculpas, y Putin fue el único dirigente imperialista del mundo que se alineó con Erdogan contra la intentona golpista y que, a diferencia de EEUU y la UE, no criticó la ofensiva represiva y el verdadero régimen dictatorial que su par turco instaló en su país después del golpe fallido. Incluso algunos medios aseguran que fue el aparato ruso de espionaje en Turquía el que permitió a Erdogan derrotar el alzamiento militar, al advertirle que se preparaba un golpe de Estado para derrocarlo.

En represalia por la probable participación de EEUU y Europa en la intentona golpista y por las críticas de ambos a la oleada represiva, Erdogan amenazó con romper los acuerdos migratorios establecidos con la Unión Europea (UE) que permitieron controlar la inmigración masiva de refugiados principalmente sirios que entraban en Europa a través de Turquía. Y, en un verdadero gesto de provocación, ratificó su disposición a restablecer la pena de muerte, lo que significa un portazo definitivo al largamente gestionado ingreso de Turquía a la UE.

La ola de persecuciones, detenciones y destituciones contra militares, jueces, intelectuales y políticos opositores y la adhesión popular obtenida con proclamas nacionalistas le sirven a Erdogan para profundizar la fascistización del Estado turco y la represión contra el movimiento popular –que tuvo un gran auge con las masivas movilizaciones de 2013 con epicentro en la Plaza Taksim de Estambul–, y contra la lucha del pueblo kurdo encabezada por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).

El movimiento democrático, sin embargo, está vivo y se manifestó con consignas en reclamo de verdadera democracia como “Ni golpe militar ni dictadura”, incluso dentro de las propias manifestaciones que Erdogan logró movilizar en su apoyo.

Las implicancias de esa voltereta son muchas. Además, el acercamiento de Turquía a Rusia inquieta también a la jefatura ultrarreaccionaria de Israel. Se ha dado un salto en el tensamiento de las contradicciones inter-imperialistas.

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