La bronca estalló primero en repudio al asesinato de Floyd, pero se expandió rápido por los miles de asesinatos y el hartazgo de la violencia racista. Miles de personas salen a las calles en todo el mundo, señalan a los responsables de haber sostenido la esclavitud en las capitales europeas y tiran abajo sus monumentos o escrachan lugares gubernamentales en Londres, Roma, París, Berlín, Bruselas, Sídney (Australia), Barcelona, Madrid y ciudades de Sur África entre otras capitales.
En Barcelona se manifestaron al grito de «Basta ya de violencia policial»; y con pancartas como «El racismo mata» o «Sin justicia no hay paz». En Madrid la concentración fue autorizada para 200 personas, frente a la Embajada de EEUU, pero finalmente reunió a 3.000 personas, que caminaron hasta la Puerta del Sol, para guardar un minuto de silencio en memoria de Floyd.
En Copenhague, Dinamarca, las redes sociales del movimiento «Black lives matter» convocaron a unas 12.000 personas frente a la Embajada de Estados Unidos, que luego se trasladó al parlamento danés.
En la Ciudad de Bristol, Inglaterra, los manifestantes derribaron y tiraron al río Avon la estatua de Edward Colston, un esclavista del siglo XVII. La protesta contra el racismo zanjó así una polémica de años a favor y en contra de que se retirara el monumento. El rechazo al racismo recorre el mundo.
El 64% de los ciudadanos estadounidenses apoya el repudio y las exigencias de los manifestantes en más de 130 ciudades de EEUU. pero como bien se señala en las movilizaciones y los escraches en el mundo, la lucha adquiere la necesaria ubicación en el repudio al sistema opresor capitalista imperialista que encierra al racismo y el odio a los inmigrantes. Un sistema que se muestra crudamente con la pandemia, con la crisis de los sistemas de salud como en EE.UU., China o Italia que son uno de los factores principales de la expansión del Covid-19 en esos y otros países, agravando las condiciones de vida de millones, donde los jóvenes afroamericanos e inmigrantes son los más castigados en EE.UU. y los principales países europeos.
La crisis en EEUU no es solo por su racismo como “política de Estado”, se ha abierto una situación más profunda, histórica, que debe su explicación en las condiciones internas de la crisis en ese país, y por los factores externos en la agudización de la disputa interimperialista en particular con China, y por la resistencia de los pueblos al sometimiento que pretenden a través de los gobiernos cómplices en América Latina.
La crisis de la principal superpotencia dentro de la crisis del sistema capitalista imperialista, ahora agravado por la pandemia, lleva la desigualdad, el odio y la guerra como la nube a la tormenta. La realidad cotidiana que ha comenzado a estallar son la muestra de situaciones límites con comunidades rotas, junto con el aumento de la desigualdad, la criminalidad, los apremios y muertes por parte de las fuerzas de seguridad.
Pero las voces y acciones en el mundo y en particular en los EE.UU. tienen a nuevas generaciones de jóvenes luchadorxs que están protagonizando el repudio a un orden establecido que es de muerte y desesperanza. No hay un liderazgo claro aún, pero al calor de la lucha se irá poniendo de pie y organizado esa resistencia que tarde o temprano conquistará una democracia grande, la de los pueblos, la que vale la pena defender y ser vivida.























