Sobre revoluciones, reformas y lapiceras

El discurso de Cristina y la China de ayer y de hoy

Por Rubén Laufer

En su discurso del 2 de julio por los 48 años de la muerte de Juan Domingo Perón, Cristina volvió a hacer pública su admiración por los grandes logros económicos de China, lamentando una vez más que la Argentina no haya podido lograr lo mismo. “¿Qué nos pasó, argentinos, que en 50 años los que [en China] comían cortezas de los árboles y araban la tierra con bueyes [hoy] son la primera economía y la primera potencia del mundo?”. Y recordó que cuando Mao tomó Pekín en 1949 encabezando un ejército de desharrapados, la Argentina de Perón producía locomotoras, barcos mercantes y aviones como el Pulqui.

Aunque lo haga con el fin de limar las posiciones del albertismo y fortalecer las propias dentro del Frente de Todos, y con la mira puesta en la inoperancia del gobierno del que forma parte y la posibilidad siniestra de que en las elecciones de 2023 retorne el neoliberalismo macrista, está bueno que cada tanto promueva la reflexión sobre las muy distintas experiencias históricas que los procesos nacionales y populares transitaron en el mundo.

Pero como Cristina olvida que el pueblo chino hizo una revolución y el pueblo argentino todavía no, se priva a sí misma de poder responder realmente y en profundidad los mismos interrogantes que formula. Cristina es una persona muy formada, de modo que su olvido no parece por ignorancia sino más bien porque algunas medidas de reforma estructural ni hablemos de medidas revolucionarias no forman parte de su programa ni de sus ideas (de su “agenda”, como se dice ahora).

De otro modo ¿por qué no recordar que lo primero que debió hacer la China Popular para liberarse del atraso y de las ataduras imperialistas y feudales fueron la reforma agraria (que liberó la tierra del monopolio latifundista de los terratenientes), la nacionalización del comercio exterior y de los bancos (que eliminó el saqueo de las compañías exportadoras y la fuga de capitales), y la nacionalización de las industrias básicas (que desterró la extranjerización de la producción y la salida de ganancias de los monopolios imperialistas)? Esas fueron las bases con que los 600 millones de habitantes que entonces tenía la atrasadísima China salieron del hambre y la miseria que en la Argentina aún hoy no se pueden resolver.

En China, la revolución convirtió al pueblo en dueño del país

En la China socialista, el pueblo movilizado en gigantescas campañas de masas, protagonizadas y sostenidas financieramente por los obreros fabriles y las comunas populares, fue el verdadero protagonista y constructor de obras memorables como el complejo petrolero de Daqing, el aterrazamiento y tecnificación de la brigada rural de Dazhai, los 1.500 kilómetros de la red de canales Bandera Roja, la gigantesca acería de Anshan, el gran puente sobre el río Yangtsé en Nankín, y las decenas de miles de fábricas pequeñas, medianas y grandes que sembraron de industrias gran parte del campo chino, dando empleo y haciendo salir de la pobreza a cientos de millones de campesinos.

1958: Fabicación de locomotoras diesel de 4000 CV en China

Claro: previamente la reforma agraria y la colectivización habían convertido a esos cientos de millones en dueños de la tierra, y con la socialización de la industria decenas de millones de obreros pasaron a ser dueños de las fábricas estatales y a tener el poder de decisión sobre el gerenciamiento de sus empresas, sobre los salarios y sobre la innovación científico-técnica, y pudieron así auto-garantizarse a través del Estado y de ellos mismos trabajo, comida, vivienda, salud y educación (el famoso “cuenco de hierro de arroz”).

insuguracion del puente sobre el río Yangtsé en Nankin

En América latina, aquéllos eran los años de la CEPAL y el desarrollismo que, igual que los economistas liberales, pensaban que podían lograr el “despegue” económico de nuestros países recurriendo masivamente al capital y a los préstamos de las potencias y de los organismos financieros internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Los comunistas que dirigieron la construcción socialista en China destruyeron el mito de que los países pobres deben recurrir al financiamiento externo, y mostraron que eliminando las bases estructurales del atraso y la dependencia se podía lograr el desarrollo y la modernización sin explotación ni dependencia.

Acería de Anshan

Durante casi 25 años, en medio del cerco y las amenazas de agresión militar de Estados Unidos (incluso con armas atómicas), y del boicot de la URSS ya reconvertida en una potencia capitalista e imperialista, la China socialista de Mao mantuvo a rajatabla una estrategia de autosostenimiento, basado en recursos internos provenientes de las industrias ahora nacionales, y de la producción rural volcada al ampliado mercado interno, y ya no del financiamiento de bancos extranjeros, ni de la tecnología industrial de las potencias, ni del endeudamiento externo, ni de las inversiones de corporaciones imperialistas, ni menos de la “cooperación” de los estados “centrales”.

China: restauración capitalista y crecimiento con explotación

El gigantesco desarrollo productivo de los últimos 40 años que Cristina admira, no hubiera sido siquiera imaginable sin los 25 años de guerra revolucionaria que finalmente triunfó en 1949, y sin los 30 años de construcción socialista de 1949 a 1978. La nueva burguesía que a fines de los ’70 se apropió del poder en el Partido Comunista y en el Estado aprovechó los gigantescos avances del socialismo y transformó a China en una economía moderna y superindustrializada hasta llegar a ser (como le gusta decir a Cristina) “la primera potencia del mundo”. Pero la restauración capitalista, desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping, lo hizo sobre la base de la superexplotación de esos centenares de millones de trabajadores del campo y la ciudad, y cuando las nuevas corporaciones chinas pasaron a invertir y prestar a los países del mundo “en desarrollo” y transformaron a China en “potencia”, pasaron también a sostener el edificio de su crecimiento y modernización sobre la explotación de otros países y pueblos de los que obtienen materias primas y dólares.

De Perón a Cristina: reformas pero sin revolución

A fines de los años ’40 el general Perón llegó a hacer reformas económicas y sociales muy profundas en favor del pueblo y del desarrollo nacional, incluso más que el Estatuto del Peón Rural y que los trenes, barcos y aviones que Cristina mencionó. Aunque es cierto que Perón pudo apoyar esas medidas con los grandes recursos de las exportaciones argentinas de carnes y cereales en el mundo hambriento de la segunda guerra mundial y la posguerra, al no haber tomado medidas verdaderamente estructurales los grandes estancieros exportadores pudieron boicotearle la producción y las exportaciones del campo y minarle los recursos para sus políticas industrialistas y sociales y, con el apoyo de las embajadas de EEUU e Inglaterra y de la prensa proimperialista, debilitar el inmenso apoyo popular de que Perón gozaba y finalmente crear las condiciones para voltearlo en 1955.

Pese a esas limitaciones, esas reformas, y el coraje de Perón para hacerlas, siguen siendo la base del apoyo de parte importante del apoyo de “la gran masa del pueblo” y despertando nuestro aprecio y admiración. Especialmente considerando el profundo cambio de naturaleza y de políticas que el peronismo experimentó después, en la década de los ’90, bajo la dirección de Carlos Menem de las que Néstor y Cristina en su provincia fueron parte, y que ninguna de las direcciones peronistas desde entonces volvió a levantar el programa del Perón de aquellos años. La propia Cristina, en sus gobiernos e incluso en el discurso del 2/7, sólo reivindicó parcialmente las políticas sociales e industrialistas de Perón, pero su lapicera nunca escribe con el filo autonomista y a veces hasta antiimperialista de aquel Perón, y hoy para tomar distancia de la dominación de Estados Unidos prefiere apelar a la “cooperación”, las inversiones y los préstamos del nuevo imperialismo “con características chinas”.

Y por eso también, si bien bajo sus dos presidencias Cristina recuperó algunas de las políticas sociales del peronismo, hasta el sesgo industrialista fue rengo, ya que los grandes ingresos obtenidos durante el “superciclo” de los altos precios de las materias primas causado por la irrupción del crecimiento chino en los mercados mundiales no los volcó a la inversión estatal para ampliar y diversificar la base industrial del país, sino que consolidó las viejas estructuras primario-exportadoras, pagando la estafa de la deuda externa, intensificando la dependencia de las exportaciones sojeras y mineras hacia el mercado chino, y reforzando la dependencia del financiamiento de Xi Jinping para obras como las represas y ferrocarriles que en su propio discurso recordó.

Más allá de ciertos errores de diagnóstico, las críticas de CFK al programa albertista tienen puntos buenos. Pero ella misma debería hacer más memoria, no sólo del vasto programa de transformación social y económica que encabezó Mao en la China entonces socialista, sino también de los aspectos más avanzados para los que el propio Perón usó la lapicera.

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