Mauricio Macri buscó mostrarse exultante de su visita a China, donde llevó a casi todo su gabinete a participar de la cumbre mundial llamada “Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional”, impulsada por Pekín como parte de su estrategia para ampliar su influencia mundial en medio del relativo debilitamiento y retroceso de Estados Unidos. Los chinos anunciaron grandes planes de “cooperación” internacional con financiamiento chino, principalmente en proyectos de infraestructura, mientras EEUU y Europa retroceden en sus créditos e inversiones desde la crisis mundial estallada en 2008 y aún en curso. Con su faraónico proyecto de la nueva “Franja y Ruta de la Seda”, los chinos se proponen conectar Asia, África y Europa y asegurarse tanto el aprovisionamiento de materias primas como la ampliación de mercados para sus productos industriales y campos de inversión para sus excedentes de capital.
Macri, después de su fracaso en Estados Unidos -donde consiguió palmaditas cómplices de Trump pero poco y nada de las inversiones yanquis que fue a pedir-, viajó además a China en busca de inversiones y créditos todavía más masivos que los ya gestionados por Néstor y Cristina Kirchner en sus 12 años de gobierno, y que van constituyendo una espesa red de dependencia y endeudamiento hacia la potencia oriental, con las consiguientes consecuencias de desplazamiento y destrucción de la industria nacional y reforzamiento de la especialización primario-exportadora de la Argentina.
Entre los acuerdos más importantes de la nueva hornada se destaca la renovación de los trenes cargueros y la construcción de dos centrales atómicas en las provincias de Buenos Aires y Río Negro. Algunos de los convenios firmados por Macri son nuevos, y otros una versión revisada de los firmados por los Kirchner. Una verdadera “política de estado”, en la que los principales referentes del kirchnerismo y del macrismo se disputan la paternidad de la asociación subordinada con el imperialismo chino. Ambos aportaron en este sentido. Y Franco Macri, el padre de Mauricio, representa desde hace más de una década los negocios chinos en toda América latina y fue el gestor de todos los convenios de Cristina con los jefes de Pekín.
Macri firmó con empresas y bancos estatales y privados de China alrededor de 20 convenios que incluyen proyectos de rehabilitación de los sistemas ferroviarios de cargas y pasajeros de las líneas Belgrano, San Martín, Roca, Mitre y Urquiza (especialmente la importación de locomotoras, vagones y rieles chinos), la construcción de las dos centrales nucleares mencionadas, varias plantas hidroeléctricas y de energía eólica (viento) y fotovoltaica (sol), etc. Todo esto por la sideral cifra de 15.000 millones de dólares, en un 85% financiada por bancos chinos. Con el argumento de que las tasas de financiación de los chinos a la Argentina son bajas, se dice que muchos de esos proyectos estarían por ser concedidos a empresas chinas por adjudicación directa, es decir sin licitación internacional. En la práctica, se repite y profundiza el viejo camino de subyugación a las grandes potencias, firmando decenas de acuerdos que sustituyen tecnología nacional por extranjera, y trabajo argentino por trabajo chino.
El cuento chino del “beneficio mutuo”
Al día de hoy, casi todos los grandes emprendimientos de infraestructura en curso en la Argentina dependen de financiamiento y tecnología chinos. Del mercado chino también depende lo fundamental de las exportaciones y de las importaciones del país. Sólo que año a año el valor de las compras crece más rápido que el de las ventas: hace ya más de una década la balanza comercial con China es negativa para nosotros, empujando a los gobiernos argentinos -ayer al kirchnerismo, hoy al macrismo- a mendigar cada vez más inversiones, préstamos y “ayuda” financiera china, aceptando condiciones cada vez más gravosas para nuestra economía y nuestra independencia.
Macri empezó su gestión a fines de 2015 planteando objeciones a la falta de “transparencia” de los convenios del kirchnerismo para la construcción de las represas de Santa Cruz por grupos empresariales locales asociados con empresas chinas y con financiamiento chino. Pero los capos de Pekín hicieron valer la cláusula de “default cruzado” que Cristina había aceptado, y según la cual si se cae uno de los convenios -en este caso el de las represas- se caen todos los demás; y Macri, con la canilla de las inversiones y préstamos cerrada en EEUU y Europa, se arrodilló y prometió que el comienzo de las obras de las represas está cerca. Su prioridad era salvar los demás acuerdos en marcha, principalmente el del Belgrano Cargas, crucial -especialmente en período preelectoral- para hacer exhibición de “obras” y para su alianza política con los gobernadores de las provincias norteñas por las que pasa ese ferrocarril, que lleva la producción sojera y otras del Litoral y centro a los puertos del Pacífico y a China.
Lo de arrodillarse frente a los mandones de las potencias imperialistas no es problema para Macri. Apenas 24 horas después de su regreso de Pekín, siguiendo por vía propia los pasos que ya había delineado el anterior gobierno kirchnerista, el gobierno macrista se allanó al viejo reclamo de la dirigencia china y reconoció de hecho a China como “economía de mercado” (los chinos exigían esa condición porque implica menos barreras comerciales contra la introducción de sus productos y les permite así aumentar sus exportaciones). Macri lo hizo a contramano de sus relaciones también “carnales” con Washington y las capitales europeas. Éstos se negaron a conferirle a China ese reconocimiento para que sus mercados internos no se inunden de productos chinos; en cambio Macri -poniendo en riesgo de quiebra a numerosas producciones nacionales- optó por subordinarse al chantaje chino para mantener en pie los convenios de inversión y financiamiento, aunque sea a costa de la desindustrialización y reprimarización de la producción nacional y de la desnacionalización cada vez más profunda de nuestro aparato industrial. Como algunos monopolistas locales (especialmente Paolo Rocca de Techint) venían protestando agriamente por la apertura a corporaciones chinas que traen caños de acero para obras públicas, Macri tampoco tuvo empacho en arrodillarse frente a esos monopolios y les otorgó un “tratamiento especial” -es decir privilegios y concesiones en otros contratos- para garantizar sus negocios.
Todos los contratos chinos de inversión y de financiamiento vienen “atados” a condiciones y distintas formas de chantaje. Ahora, para lograr que los hombres del gobierno y de los bancos de Pekín volvieran a abrir la canilla financiera, Macri hizo una reverencia y aceptó todas las exigencias chinas. China hizo sentir pesadamente el poder de decisión que ya ha adquirido sobre aspectos claves de la economía argentina y del Estado. De hecho exigió: “O avanzan con las obras acordadas con el gobierno anterior o no hacemos ninguna de las otras obras en carpeta, no les compramos soja, no les damos más crédito ni financiamiento…”. El gobierno chino viene apretando nuevamente al argentino -como en 2010- con la suspensión de sus compras de soja en grano y en aceite (la principal fuente de ingresos del complejo exportador y también del Estado por las retenciones), que pasaron a comprársela al Brasil incluso a precios mayores.
Los convenios de Macri con las corporaciones chinas, y en general la “asociación estratégica integral” con Pekín, refuerzan un camino de desindustrialización, atraso, empobrecimiento y endeudamiento. Un camino de dependencia y de entrega de la soberanía económica nacional.




















